El Estado siempre está presente

Algunas personas se han sorprendido de la vitalidad demostrada por los Estados nacionales ante la pandemia en curso. La interpretación de la globalización como la existencia de un poder supranacional constituido por los denominados “mercados” ha llevado, en ocasiones, a considerar que los Estados habían pasado a tener un papel subalterno.

Coincidente con ese enfoque se destaca, por estos días, la importancia de contar con un Estado presente. Esa mención incluye, con seguridad, el papel de los gobiernos en la toma de decisiones que permitan enfrentar en mejores condiciones la pandemia COVID19, como así también las medidas que intentan paliar la suspensión de muchas actividades de la economía.

Al insistir en las ventajas de un Estado presente, se desliza también la idea de que antes el Estado estaba ausente. Se corre el riesgo de interpretar que, en condiciones normales, el mercado requeriría de un Estado mínimo, mientras que en situaciones excepcionales el Estado se haría imprescindible.

Nada más alejado de la realidad. En especial es el mercado el que requiere de un Estado fuerte y presente. No de otra manera se aprueban las legislaciones que redistribuyen ingresos a favor de las empresas y el sector financiero, el mismo Estado presente es el que garantiza vía judicial y vía represión el cumplimiento de esas medidas antipopulares, es el mismo que puede transferir ingresos que debían percibir los jubilados al pago de intereses de la deuda externa –como se hizo en Argentina hace pocos años con apoyo legislativo–, en fin, es el Estado el que elimina impuestos a la riqueza y quita retenciones a la explotación de los recursos naturales que, con generosidad, ofrecen el suelo y el subsuelo de nuestros países.

Pero si se piensa que eso es lo que pasa en “la aldea”, también podemos ver cómo funciona el Estado a nivel planetario. Es el Estado norteamericano y sus Estados aliados de la OTAN los que garantizan, vía militar, el acceso a los recursos naturales imprescindibles para sostener la “civilización del humo”, como es el petróleo. Son los Estados los que se declaran guerras comerciales y los que definen los “ejes del mal”, con el agravante que lo hacen con el dinero de sus contribuyentes.

Si se quiere pasar del nivel macro al nivel micro, volveremos a encontrar a ese mismo Estado presente en las fronteras por donde se garantiza el tráfico de la economía ilegal que representa el 25 % de la economía mundial, lo encontramos reduciendo los presupuestos de educación o salud, o administrando a través de sus fuerzas policiales el reparto y recaudación de la droga en nuestros barrios, la protección de la prostitución y del tráfico de personas. Y no se le ocurra denunciarlos, porque llega antes el narcotraficante a amenazarla que el patrullero a constatar la denuncia.

Quizás, entonces, lo que se quiere decir cuando se habla de un Estado presente, es que se trata de un gobierno que pone el Estado al servicio de la mayoría de la sociedad, y no solo de los más ricos o poderosos. Y claro que es bienvenido ese Estado. Y se muestra, como en el caso de esta pandemia, que ese Estado puede utilizarse en muchos sentidos.

Ni siquiera sabemos si es bueno que siempre esté presente. El viejo sueño anarquista de agrupaciones de productores libres sigue estando, por derecho propio, entre las utopías que muchos humanos no quieren abandonar. Existen muchas instituciones públicas no estatales, aunque a veces se confunda lo público con lo estatal. Pero en esta etapa de nuestra civilización hablar de un Estado ausente es, por lo menos, falta de información.

Y volviendo a esa ilusión de que el mercado administraría situaciones normales mientras que el Estado debe atender las situaciones excepcionales, la pregunta que nos debemos hacer es: ¿a qué llamamos situaciones normales?

¿Que en Latinoamérica 184 millones de personas vivan en la pobreza es normal? ¿Qué 62 millones sean indigentes? ¿Qué en Argentina el 33 % de la población económicamente activa esté buscando trabajo? ¿Qué el acceso a la salud y la educación dependa de contar con medios para pagarlo cuando en la región más del 30% de la población es pobre –o sea, no cuenta con esos medios?

En verdad, la “normalidad” que propone el mercado parece ser bastante anormal. ¿Y cómo se podrían mantener semejantes niveles de desigualdad entre seres humanos si no es con un Estado que reprima las protestas?

Por ahora, el Estado siempre está presente: lo que cambia es al servicio de quién.

Abril, 2020

emiliopauselli@gmail.com

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