… cuando el estanque era un mar… jugando a ser feliz de país en país, al menos de los países que clasificaron para el mundial de fútbol. Pero el tiempo pasa y te olvidas de aquel niño. Por primera vez millones de niños y no tan niños no podrán jugar a llenar el álbum con las figuritas del mundial. En la serie de todos los álbumes de ese evento deportivo, en muchos hogares, quedará vacío el que le tocaba a Qatar. Las figuras ya no podrán transformarse en figuritas: las nuevas modalidades del mercado lo impiden.
Porque no tiene sentido pensar en obtener ganancias a partir de una trabajosa distribución en miles de quioscos para que millones de personas pasen a comprar el paquete de figuritas. Lo mismo se puede obtener vendiéndole a “canales” exclusivos y “plataformas” quienes, de una vez, te las compran todas.
Pero el manual dice que, cuando la demanda es superior a la oferta, eso crea la oportunidad de que nuevos oferentes entren al mercado. Pero no, ese es el manual, no la realidad. La realidad parece ser mucho más simple: hay un monopolo que fabrica las figuritas y un producto que podría hacer con solvencia cualquier imprenta con una tecnología media, no lo puede realizar porque no tiene “los derechos”.
O sea, que la ganancia no está garantizada ni por la calidad del producto ni por lo que sería su consecuencia esperable: la satisfacción del cliente. La ganancia está garantizada por el convenio suscripto entre Panini y la FIFA que le prohíbe a cualquier otra empresa entrar al negocio. Al diablo el manual.
De este extraño capitalismo claro que tienen que participar todos, no solo la empresa y la organización del fútbol. También hace falta que los sistemas judiciales condenen a cualquier otro que imprima figuritas y que los Estados ignoren las leyes antimonopólicas que existen en todos los países.
Claro que este nuevo capitalismo, donde los clientes no son los consumidores sino “los canales” y “las plataformas”, tiene diversas consecuencias. Una de ellas, menos visible, hace referencia a la lealtad comercial: de un plumazo dan la espalda a los miles de minoristas que garantizaron la ganancia del fabricante durante décadas para entregar la mercadería a empresas que en su vida habían vendido una figurita.
Claro que el objetivo de esos canales exclusivos y plataformas no es vender figuritas sino ofrecer a sus clientes un producto anhelado y artificialmente escaso. Y eso nos lleva a la segunda consecuencia: la pertenencia y el acceso al consumo ya no lo garantiza ni el dinero. Si no utilizas esa marca de combustible o no compras en esas grandes superficies o no haces pedidos a través de determinadas plataformas, no tendrás la posibilidad de disfrutar de abrir el paquete para saber si dentro estaba Messi, Ronaldo o Sadio Mané.
En una época, una persona sin trabajo no tenía acceso a los beneficios de la sociedad. La exclusión se producía por la falta de ingresos, la que la llevaba a vivir en condiciones de pobreza y, en esa situación, era poco probable que comprara figuritas.
Desde hace unas décadas, aunque se tenga un trabajo, también se pueden enfrentar dificultades económicas: los llamados “pobres por ingresos”. Se han multiplicado los trabajos precarios y mal remunerados, lo que redunda en una posibilidad de consumo limitada que requerirá de un esfuerzo especial para comprar figuritas.
Pero en la actualidad, y cada vez más, se puede estar excluido de ciertos consumos aun teniendo un trabajo bien remunerado, sólo por no ser parte de algunos de los canales exclusivos o plataformas que monopolizan determinados bienes. La deriva de la llamada “economía de mercado” crea nuevos ciudadanos de segunda que sólo pueden ver como otros obtienen las figuritas que ellos también desean y a las que no pueden acceder aun contando con el dinero para adquirirlas.
Es una nueva exhibición obscena de la sociedad de lo exclusivo que, como su nombre lo indica, permite a algunos lo que impide a otros. Ya los perdedores del modelo no son sólo los que “No quieren trabajar”, o “No han adquirido la formación adecuada”, o no han tenido la suerte de nacer en una familia que le provea de determinados “Recursos culturales”; también pueden serlo los que no enriquezcan a determinadas plataformas o no formateen su vida de acuerdo a los requerimientos de los nuevos-viejos dueños del mundo.
Las figuritas que salen al mercado masivo, como ha quedado demostrado en estos días, son realmente escasas. La mayoría de los kioscos exhiben un cartel que dice “No hay figuritas”. Si se consiguieran por los menos algunas, se podrían utilizar para decorar la tumba de la sociedad del mérito, ya difunta hace mucho tiempo.
La falta de figuritas es sólo un poco del hedor que despide su cadáver insepulto.
Septiembre de 2022. emiliopauselli@gmail.com