La noticia de la nueva edición de las obras de Roald Dahl, donde los niños gordos pasarán a ser niños enormes y las brujas peladas mujeres que usan peluca, abre un inmenso campo de reediciones de prácticamente toda la literatura mundial.
No conocemos autor que pueda eximirse de este tipo de correcciones. Los personajes de Michel Ende deberán arrojar sus pipas al incinerador, el Brick de Tennesse Williams realizar un tratamiento urgente para superar su adicción al alcohol y el jugador de Dostoievski no podrá entrar ya a los casinos.
Pero no se trata sólo de literatura, claro. Aristóteles no podrá seguir insistiendo en que el esclavo es una posesión animada ni la Biblia responsabilizando a la mujer por la entrada del pecado en el mundo. La tarea de reescritura que tenemos por delante es, en verdad, inmensa.
Claro que los editores de Random House pueden argumentar que sólo se trata de la literatura que leen los niños, esas almas en formación que deberían encontrarse sólo con líneas que alienten la belleza del mundo y disimulen todos sus defectos. El problema no serían los niños obesos que se sientan a su lado en la escuela, la mayoría de las veces víctimas de una manera de alimentarse que produce ganancias y destruye vidas, sino impedir que la lectura de Charly y la fábrica de chocolate aliente algún tipo de discriminación hacia los gordos.
Acompleja aún más el tema que muchos de los que le saltan a la yugular a los que quieren “adecentar” los textos de Dahl, son los mismos que nos miran con severidad reprobatoria cuando decimos “todos”, aunque al instante agreguemos “y todas”. La voluntad del censor no tiene límites y castiga por igual al que escribe “mal” como al que habla “mal”.
Podríamos cerrar aquí el tema acusando a la editorial de marras de no respetar la producción del autor y de subestimar la capacidad de niños y adolescentes para interpretar lo que leen o se les lee. Se trataría nada más que de un nuevo caso de censura que, por supuesto, siempre realizan otros. Pero la creencia que divide el mundo entre nosotros los buenos y ellos los malos no estaría resultando muy eficiente a la hora de mejorarlo.
Debo reconocer que, en algunas ocasiones, también he cometido ese crimen contra los originales de la literatura. A mí me repugna leerle a mi nieto y a mis nietas cuentos de alguna autora argentina en los que las mujeres son siempre “brujas” e “histéricas”, cosa que ocurre porque son “solteronas”, lo que es muy comprensible ya que son tan insoportables que ningún hombre ha querido casarse con ellas. Cuando les leo esas diminutas historias confieso que salteo o cambio deliberadamente algunos pasajes que me resultan infumables. No me apena tergiversar un poco la personalidad simple aunque valiente de Jim Boton y la de la inteligente pero cobarde princesa china. Mientras voy leyendo, con algún pequeño agregado u omisión, hago de forma tal que aquel, en alguna circunstancia, también sienta miedo, y aquella pueda realizar una acción osada que la historia permite.
Es cierto que los abuelos no somos licenciados en letras para explicar, en cada caso, el contexto de producción de esas obras literarias, ni críticos de cine para exponer las condiciones culturales que dieron origen a las películas basadas en ellas. La industria cinematográfica necesita vender y Random House también. Ya la crítica a su decisión de retocar los textos de Dahl le ha creado una nueva oportunidad de negocio: sacará dos ediciones, una original y otra corregida. ¡Je, je! ¡Zambúllase en el mar de la posverdad y saldrá bañado en oro!
En verdad, toda cultura reescribe de alguna manera los textos de acuerdo a sus propios valores. La multitud de Pinochos o de Caperucitas Rojas así lo atestiguan. Lo que estamos escribiendo hoy será reescrito en el futuro y no sabemos qué parte resultará aceptable y que parte condenable de lo que hoy pensamos y sentimos. Y lo que es más inquietante aún: lo condenable para cierta cultura resultará increíblemente alentador para otra.
Nuestra época ha transformado el Libro V de La República, donde se propone igual educación para guardianes y guardianas, en un proto manifiesto feminista, cosa difícil de imaginar tratándose de Platón y la cultura griega clásica. Ya no nos espantan esos banquetes de bisexuales donde se hablaba del amor y de las enseñanzas que Diótima proporcionó a Sócrates; es más, los podemos reivindicar como antecedentes ilustres de reconocimiento a los colectivos LGTB.
Por eso, daría la impresión que, para poder reinterpretar no alcanza con explicar el contexto, sino que se hace necesario conocer el texto. Claro que un texto reinterpretado sigue siendo un texto, pero cada vez más pobre, más adaptado a lo que piensa o cree una época, menos provocador, con menos ventanas para mirar paisajes diferentes.
Como verá, querido lector, amable lectora, si en vez de “todos” podemos decir “todes”, en vez de “gordo” podemos decir “enorme”. No parece residir ahí el problema. Más bien resulta sospechosa la manera en que las palabras se van quedando sin mundo, sobre todo si tenemos en cuenta que sólo podemos hablar del mundo a través de ellas.
Es cierto que nuestro presente no es hoy muy alentador, pero parece un optimismo exagerado pensar que si cambiamos las palabras, cambiamos esa situación. En un mundo enfermo de discriminación no podemos decir gordo, en un planeta arruinado por las guerras no podemos decir muerte, en una sociedad asolada por el racismo no podemos decir negro.
Unos nuevos padres mediocres nos dicen lo que podemos leer. Se lo dicen a Matilda, nos lo dicen a nosotros y también a nuestros niños y niñas. Ese es el verdadero problema: el mundo que no debemos leer es el origen de este mundo donde no podemos vivir.
Febrero de 2023. emiliopauselli@gmail.com