El sujeto de la democracia

No es un secreto para nadie que los sistemas políticos que en la actualidad se han dado por llamar democráticos enfrentan dificultades crecientes. Una primera muestra de ello son las victorias electorales, en distintos países, de grupos políticos profundamente antidemocráticos, como las distintas variantes de las derechas conservadores y neofascistas.

Lo mismo se podría decir de las dificultades que esos mismos grupos crean a los gobiernos de tinte más progresista, llevándolos en ocasiones a la casi imposibilidad de gobernar en sus sociedades. Su prédica constante en contra de cualquier tipo de derecho colectivo inhibe, muchas veces, a esos gobiernos de tomar medidas más efectivas en orden a la resolución de problemas acuciantes.

Desde Joe Biden hasta Cristina Kirchner han insistido en que las democracias languidecen al no atinar a resolver los problemas que enfrentan las sociedades. Eso parece muy creíble, sobre todo si nos atenemos a que una de las principales funciones de la política en contextos democráticos, como es la de propender al desarrollo armónico de sus sociedades, se ha dejado de cumplir hace tiempo. Por el contrario, un mundo cada vez más desigual, con sociedades nacionales también profundamente desiguales y una desenfrenada carrera donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, estaría en la base de este fracaso.

Claro que esa situación abre muchos interrogantes, el primero de ellos es: ¿cómo puede ser que en un sistema donde “gobierna el pueblo”, como hace creer la palabra “democracia”, el pueblo no se vea favorecido? Los discursos engañosos, las redes sociales y la manipulación mediática aparecen en la primera fila de sospechosos. Pero nos quedaríamos en la superficie si nos conformáramos con esas explicaciones.

Esa pregunta tiene muchas respuestas. La que compartiremos hoy es que, si pudiéramos inventar un “democratómetro”, las democracias actuales medirían en lo más bajo de la escala. Ni siquiera es un engaño: hay constituciones, como la argentina, que aclaran directamente que “el pueblo no delibera ni gobierna”, agregando a continuación “sino por medio de sus representantes”. Y como sus representantes son relativamente pocos, éstos pueden ser cooptados o directamente comprados para representar intereses distintos a los de la sociedad en su conjunto.

Pero no crea usted que se trata de traición o de una burda imposición, nada de eso. Por el contrario, es una “modernización” de la democracia que deja las decisiones importantes en manos de los que realmente se ocupan del bien común: las empresas, los bancos, los terratenientes. ¿Quiénes mejor que ellos, que son los que crean la riqueza de mundo, pueden saber lo que es bueno para la sociedad?

¿Que eso le suena a usted como hablar de voto calificado? Sí, pero perfeccionado. Ya no se trata de que voten sólo los que tienen propiedad, o los que saben leer y escribir, o los varones. Ahora votan todos y, en el caso lamentable de que se equivoquen eligiendo a alguien que no se ha enterado aún de que el sujeto de la democracia ha cambiado, tenemos mecanismos institucionales, totalmente seguros, para corregirlo.

Ya hemos visto casos donde, cuando los gobernantes intentan mejorar la vida social, esos mismos pocos representantes, desconociendo la voluntad expresada por millones de personas, eliminan al mandatario de turno. Si las empresas no están de acuerdo con las condiciones que les impone el Perú para renovar los contratos mineros, lo sacan a Castillo y listo. Si los poderosos de Brasil se cansaron de la política distributiva del PT, la quitan a Dilma y asunto solucionado. Si Cristina Kirchner insiste en imponer regulaciones al poder económico, la proscribimos y chau.

El sujeto de las democracias ha dejado de estar conformado, entonces, por las personas y éstas han sido reemplazadas por las empresas. Este es el reaseguro de las democracias occidentales, aquellas mismas de las que los líderes de occidente dicen que están en decadencia. Pero, claro, pensar en volver a dar poder de decisión a los ciudadanos es, como dijo un político, “meter al cocodrilo debajo de las sábanas”.

Tiempo atrás, trabajando en una empresa, soy convocado junto a otras personas por un jefe que quería conocer nuestras opiniones sobre un asunto en particular. Cada cual fue exponiendo su punto de vista, hasta que uno de los participantes le preguntó a ese jefe: “¿y usted qué opina?”. Creyendo decir una agudeza inigualable, éste respondió muy convencido: “Yo no opino, yo decido”.

Los que vamos a votar opinamos. El verdadero sujeto de estas democracias es el que decide. Claro que si votamos al jefe, la cosa está más complicada aún.

Junio 2023. emiliopauselli@gmail.com

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