Cualquier relación que usted intente hacer con Alí Babá y sus cuarenta lugartenientes le decimos, desde ya, que va por un camino equivocado. Esta historia no tiene que ver con ladrones ni con cuevas encantadas, sino que se desenvuelve en un lugar elegante como el aeropuerto de la Ciudad de Buenos Aires.
Llama la atención de los que deben transitar por esa estación aérea la reducción permanente de asientos en las salas de embarque. Esa pérdida se da a manos de establecimientos comerciales que ofrecen café, alimentos, bebidas u otra clase de artículos. Uno queda con la sensación de que lo importante son, justamente, toda esa clase de objetos y no los pasajeros que esperan para abordar su vuelo.
En alguna época los aeropuertos contaban con un free shop donde se iba a comprar y el resto de los espacios estaban destinados para los humanos. Hoy la tendencia parece ser que todo se transforme en un free shop y los humanos cuentan en tanto tengan capacidad de comprar lo que allí se vende. Es más, los asientos que ya no están son reemplazados por otros que usted puede utilizar en tanto realice algún consumo en el negocio respectivo.
Como, desde Descartes para acá, uno suele dudar de sus propias percepciones, aplicamos las matemáticas en las que aquel tanto confiaba y contamos los asientos: exactamente 40, en una época donde cualquier avión comercial transporta entre 100 y 250 pasajeros. El resto, claro, consumiría o esperaría de pie, porque aún la opción de hacerlo sentado en el piso se ve reducida por la extensión de las superficies comerciales.
Algún pasajero muy frecuente se consolará pensando que a él no le atañe este problema ya que tiene acceso a las salas vip. Pero, si observa bien, verá que éstas también van reduciendo sus comodidades, como así también el servicio que ofrecen, porque en el mundo de los objetos ni para las very important person hay mucho espacio. Sólo aquellos que llegan, pasan por una puerta privada sin esperar y suben a un avión particular pueden desentenderse realmente de las incomodidades de la espera.
Claro que a esta altura algún lector puede estar decepcionado por la trivialidad del tema. Habiendo tantos graves problemas en el mundo, ponerse a contar asientos… Pero no se apresure con su juicio, quizás alguna enseñanza podamos sacar de la política que aplican los administradores de aeropuertos.
Por ejemplo, en la Argentina, un país con 45 millones de habitantes, este año se realizarán elecciones presidenciales. La virulencia con la que se atacan los candidatos, el uso permanente de falsas noticias para denigrar al adversario, la apelación a supuestos conocimientos económicos que explicarían cómo hay que hacer para que suceda lo que nunca sucede, hace muy difícil para el ciudadano orientarse y seleccionar cual sería la mejor opción para elegir.
Si volvemos por un instante al aeropuerto, podemos preguntar a cada uno de esos candidatos para cuántos argentinos están reservando asientos, cuántos quedarán de a pie y cuántos no encontrarán lugar ni siquiera en el piso. Porque, al fin y al cabo, toda la discusión se reduce a si los objetos o las personas.
Para las personas, educación pública; para los objetos, educación que se compra. En el primer caso, hay asientos para todos, en el segundo, sólo para los que tienen dinero, como lo demuestra la crónica crisis de vacantes en las escuelas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Para las personas, vacunas gratuitas; para los objetos, salud que se paga. Para las personas, ciencia al servicio de la sociedad; para los objetos, ciencia para los que puedan importarla del exterior. En ese futuro, ¿tendrán asiento nuestros viejitos y viejitas? ¿O al final del camino, aquellos que no hayan acumulado riquezas se verán desahuciados por una sociedad que ha privilegiado a los objetos?
Porque, amigo, amiga, la sala de espera solo representa el momento en que pasamos por acá, entre nuestro nacimiento y nuestra despedida. Es duro tener que estar todo el tiempo de pie o, cuando nuestras fuerzas ya no nos alcanzan, tirados en el suelo como muchas de las personas en situación de calle que en el crudo invierno de estas latitudes se acercan a dormir en los calefaccionados pasillos del aeropuerto, de donde son expulsados regularmente.
Y ahora que lo pienso, quizás no estaba tan errada su primera impresión cuando leyó el título de esta página. Quizá sí hay cuevas en este mundo, aunque hoy rodeadas de glamour, y quizás en ellas mandan los ladrones.
¡Dios nos ampare! De ésta, me parece que no nos salva ni el Papa argentino.
Agosto de 2023. emiliopauselli@gmail.com