La libertad del más fuerte

Desde antiguo los seres humanos se han preguntado sobre el papel de las leyes. Su origen bien podría ser la obra de un dios o de un rey, de un legislador o de un gobernante, pero ¿cuál es la verdadera función de la ley?

Hammurabi, uno de los primeros autores de un código escrito, no tuvo dudas en señalar que la ley era para “disciplinar a los malos y evitar que los fuertes opriman a los débiles”. Moisés, Solón y otros memorables legisladores no dudaron en que esa fuera la función de la ley.

Sin embargo, hubo una persona valiente que se atrevió a afirmar que ese era un grosero error, que la ley era contraria a la naturaleza ya que alteraba la lógica de la vida donde el más fuerte, por derecho propio, domina al más débil. Calicles no tenía dudas al afirmar que las leyes las habían inventado estos últimos para quitarle sus derechos a los más poderosos, cosa totalmente contraria al orden evidente de las cosas.

Pero los padres del Estado moderno, cuna donde nació el capitalismo, no siguieron los consejos de Calicles. Ellos sabían que “hasta el hombre más débil tiene la fuerza suficiente para matar al más fuerte”, abogando así para que todos bajen su espada y transfieran su poder personal a un Estado que, de esa manera, sería el único propietario legítimo de la violencia.

Muchas leyes de las sociedades modernas contienen ese espíritu de protección a los individuos menos favorecidos por las dinámicas de la cultura: el bien al que propenden se lo llama habitualmente “justicia social”. Dentro de esas leyes se encuentran las que regulan las relaciones de trabajo, las que deben asegurar el acceso a la educación y la salud, la equidad en la relación entre los géneros, la protección de personas discapacitadas, los ingresos de los ancianos, etc.

Pero, en la historia, siempre hay un Calicles. En la campaña electoral por la presidencia de la Argentina uno de los candidatos afirma que “la justicia social es una aberración”. Funda esa idea en que toda justicia social “se basa en un robo” ya que, para poder apoyar a los que menos tienen es necesario quitarle a los que tienen más. En esa visión no deben existir los derechos, ya que todo derecho constituiría una desigualdad inaceptable. Cada cual podrá acceder a aquello que pueda pagar, eso es lo justo.

Los dispositivos sociales que hacen que algunos tengan más y otros menos, por alguna razón desconocida, quedan en la oscuridad del asunto. Quizás se supone que eso tiene algo que ver con el mérito de las personas, pero es evidente que, mientras existan derechos de herencia, la sociedad meritocrática es irrealizable. Ya el liberal Jeremy Bentham había afirmado que la propiedad y la herencia se oponen a la libertad. Nadie diría que en una carrera donde unos parten desde mucho más atrás que otros, el que llegue primero lo ha hecho por sus méritos.

El Estado y sus leyes son el primer recurso con el que cuenta una sociedad para impulsar una mayor igualdad de oportunidades. Las que le siguen son la protesta, el levantamiento, el pillaje y la revolución. Sólo basta recordar que el derecho a la rebelión fue fundamentado por los liberales mucho antes de que lo hiciera Marx.

Entonces, ¿de qué libertad están hablando los que se llaman a sí mismos “libertarios”? Están hablando de la libertad del más fuerte. No es una libertad para todos, es sólo para aquellos a los que su cuna les proporcionó posibilidades que el resto de la sociedad no tiene. Es volver al orden natural de las cosas:  los más fuertes deben dominar a los más débiles.

No es extraño, entonces, que en una sociedad de ese tipo haya que andar armado por la calle y, en caso de necesidad, vender los órganos para poder vivir un rato más. El que diga que todos somos hijos de Dios será el representante del maligno en la tierra. Ninguna regulación, ninguna ley, cada uno hace lo que su poder le permite. Quizás ese pensamiento no sólo sea perverso, sino imposible de llevar a la realidad sin un gran sufrimiento humano hasta que, finalmente, fracase.

Quizás en nuestras sociedades, donde los poderosos tienen muchos recursos para evadir la ley y muchas instituciones judiciales son sólo oficinas donde se defienden los intereses de los grupos económicos concentrados, se haya desdibujado algo el papel de la ley como instrumento de protección colectiva. Pero la libertad del más fuerte no propone cumplir la ley, propone que no haya otra ley que la que protege la gran propiedad y los privilegios.

¿Cómo una sociedad puede apoyar esas propuestas que promueven la desigualdad y el abuso? Muy sencillo, se pide el apoyo para el “nuevo”, para el que “nunca gobernó”, y una parte de la sociedad, cansada de la distancia entre las promesas y las realidades generadas desde los líderes políticos tradicionales, se decide a darle su apoyo.

Claro que, cuando la vida se torna difícil, siempre es más aconsejable buscar las causas del mal y remediarlas antes que tirarse al precipicio. Pero, en fin, hacemos lo que podemos, y, a veces, aún menos.

Octubre de 2023. emiliopauselli@gmail.com

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