Por estos días, muchos analistas y ciudadanos preocupados por la marcha de los asuntos públicos en Argentina se muestran sorprendidos por el apoyo que una parte de los votantes estaría expresando hacia una propuesta política que se ubica en las antípodas de lo que podría considerarse el pensamiento democrático.
Si bien resulta comprensible que ese apoyo esté expresando un disgusto con la situación social actual, signada, entre otras cosas, por el inmenso esfuerzo que debe realizar toda la sociedad para tributar al capital financiero internacional (deuda externa) y por las asimetrías internas que se sostienen en la cultura del privilegio (redistribución regresiva del ingreso), no resulta tan entendible que ese disgusto lleve a apoyar a candidatos que consideran a la justicia social como un robo, a los derechos, privilegios, a los contrabandistas, los héroes de la sociedad moderna que desafían la ley, y a Al Capone, un emprendedor que supo detectar una oportunidad de negocios.
Todo eso hace desconfiar, con buenas razones, de la cultura democrática que tendría el pueblo argentino. Las explicaciones no se hacen esperar: después de 40 años de democracia hay dos generaciones que no han tenido experiencia de gobiernos totalitarios, la información sobre personas desaparecidas y asesinadas se ha transformado en un “relato viejo”, la práctica democrática se ha venido empobreciendo quedando reducida prácticamente a votar cada dos años, las ventajas de la libertad de expresión queda neutralizada por el papel de los grandes medios concentrados que defienden intereses no democráticos.
Y para los que no se conforman con las explicaciones que podemos hallar en el presente, también podemos hurgar en la historia para seguir agregando razones. Nunca se abordó el tema de en qué medida una parte de la sociedad argentina estuvo de acuerdo con el golpe de Estado de 1976; tampoco se apreció debidamente la escasa participación social en los eventos que dieron fin a ese gobierno genocida; se dieron explicaciones aleatorias sobre el fenómeno de elección de represores a través del voto popular; se ignoró en qué medida los distintos gobiernos democráticos que se sucedieron, mientras ampliaban derechos, siguieron construyendo el modelo de país diseñado por aquella dictadura militar.
Creo que no hace falta seguir agregando razones que podrían explicar, así sea parcialmente, la conducta de una parte de la sociedad que se inclinaría por opciones electorales antidemocráticas. Pero, sin embargo, no es seguro que eso suceda: de hecho, esas expresiones no han obtenido la mayoría en la primera vuelta electoral, aunque de cara a la segunda vuelta o balotaje reciben el apoyo de otras fuerzas políticas que ponen la defensa de los intereses económicos concentrados por delante de la defensa de la democracia. No deja de ser un sinceramiento: esas adhesiones dirían algo así: quisiéramos poder defender nuestros intereses haciendo uso de la democracia, pero si eso no es posible, al diablo la democracia.
Pero una parte de la sociedad argentina tampoco parece tener la capacidad para identificar este tipo de maniobras. El odio sin motivo sembrado contra el “populismo” y el “peronismo” parecen imponerse a la hora de apoyar electoralmente una opción que anticipa, sin mentir, que ya no va a haber educación pública ni salud pública ni fomento a la vivienda, o sea, nadie va a obtener nada que no pueda pagar a precios de mercado. El Estado como igualador de oportunidades debe ser desmantelado para que vuelva a imperar la ley de la selva.
Los que decidimos enfrentar esa postulación, que haría retroceder 100 años a la Argentina, votaremos, por el contrario, al actual ministro de economía, el mismo que administra un país con un 2 % de inflación semanal, donde salarios y jubilaciones pierden desde hace tiempo la carrera contra los precios y en el que toda mejora en los ingresos de la población es sólo un pasamanos para que ese dinero llegue a un pequeño grupo de empresas formadoras de precios que exhiben ganancias como no se pueden obtener en casi ninguna otra parte del mundo. ¿Qué le parece a usted? Piense unos segundos y sea honesto: ¡eso sí es cultura democrática!
Pero quizás nos estemos haciendo la pregunta equivocada y lo que esté en juego sea algo más que la democracia. Quizás lo que está en entredicho es si el mundo debe ser para el goce de todos los seres humanos o, como en una nueva Matrix, los sobrantes, que ya somos mayoría, deberemos ser sólo fuente de energía para el goce de aquella parte privilegiada de la especie.
Quizás algunos, con poco fundamento, es cierto, seguimos postulando que esto que llamamos democracia debería ser la mejor condición para alcanzar sociedades más igualitarias. Quizás a otros compatriotas no les falte cultura democrática, sólo que ya han perdido esa esperanza.
Noviembre de 2023. emiliopauselli@gmail.com