Por estos días se actualiza, en la Argentina, la apología de la sociedad del mérito. Hayek ya pregonaba, en Camino de servidumbre (1944), que cualquier clase de planificación que estableciera así sea el mínimo límite a la libertad irrestricta del mercado, inauguraba un camino seguro hacia la pobreza y el desencanto social.
Como el liberalismo establece, en un pase mágico, que la libertad de mercado equivale a la libertad de las personas, lo que cada uno obtenga en la vida será el resultado del uso que haya hecho de su propia libertad. Si lo miramos bien, el concepto de mérito no dice otra cosa: expresa la correlación entre esfuerzos y resultados. A mayores esfuerzos, mejores resultados; a menores esfuerzos, peores resultados.
La idea del mérito como explicación de la suerte social se ha impuesto, sobre esa base, como una evidencia para nuestra época. Tiene la seducción que siempre ha ejercido sobre el espíritu humano la posibilidad de enlazar causas con consecuencias, droga que mantiene con vida a la ciencia y también a parte de la filosofía.
Esta fascinación que lo seres humanos sentimos por anticiparnos al por venir es la que ha garantizado el éxito, desde antiguo, de la astrología, los horóscopos y los profetas: en una vida tan efímera y azarosa poder predecir el futuro siempre ha sido una ventaja considerable. No hay por qué renunciar a ella.
Pero la vida de los conceptos es muy distinta a la de la existencia real, en este caso, de las personas. La idea del mérito, como un sol, ilumina la mitad del universo, dejando a la otra mitad en las sombras, y hace de esa realidad, así mutilada, la verdad universal. Una sociedad basada en el mérito no es buena o mala éticamente, es, principalmente, falsa como posibilidad histórica.
Todo funciona bien mientras el que realiza grandes esfuerzos obtiene buenos resultados sociales y aquellos menos esforzados alcanzan resultados más modestos o sencillamente malos: esas dos situaciones confirman la teoría del mérito como organizador social. Pero ¿cuál es la otra mitad del universo que queda en las sombras?
Usted la conoce y la ha visto muchas veces en la vida. Allí habitan los que, realizando pocos esfuerzos, obtienen excelentes resultados, ya sea producto de la riqueza acumulada por sus antepasados o por su pertenencia a grupos privilegiados; y están también los que se esfuerzan considerablemente y alcanzan resultados paupérrimos, ya sea por su pertenencia social, recursos culturales o sencillamente falta de acceso a oportunidades.
Pero claro que los cultores de la sociedad del mérito no desconocen estas realidades, sólo que las interpretan de manera equivocada y, en ocasiones, aviesa. En vez de pensar en profundidad qué significan estos contraejemplos, resuelven su perplejidad afirmando nuevamente la mitad del universo por ellos reconocido. Dirían algo así como que el que obtuvo malos resultados no se esforzó lo suficiente y el que los obtuvo buenos, algo habrá hecho para merecerlo.
Hace 2.500 años un señor llamado Aristóteles, que vivió muy preocupado por identificar los razonamientos correctos, ya había descubierto que este tipo de aseveraciones eran falsas de toda falsedad. En la historia de la lógica se le puso nombre: falacia de afirmación del consecuente. “Si usted hace los esfuerzos necesarios, entonces tendrá una buena vida. ¡Ah! ¿No tiene una buena vida? Usted no se ha esforzado lo suficiente”.
Llevémoslo a otro ejemplo: “Usted tiene una mano lastimada porque lo mordió un perro. ¡Ah! ¿Usted no tiene una mano lastimada? Entonces no lo mordió ningún perro”. En este ejemplo no quedan dudas de que un perro lo pudo haber mordido en la pierna, en un glúteo o en cualquier otra parte que no sea la mano. Tener la mano sana no permite afirmar que no fue mordido, de la misma manera que obtener malos resultados del conjunto de intercambios sociales no permite afirmar que la persona no ha hecho los esfuerzos suficientes.
Cuando la medicina equivoca el diagnóstico, el paciente no mejora; cuando los cálculos matemáticos están mal hechos, el cohete se estrella; cuando las dinámicas sociales se explican a partir de razonamientos falsos, el futuro de los grupos humanos es penoso y la mayoría de las trayectorias individuales sufren las consecuencias.
La adicción a una verdad es mala, porque impide cambiar. La adicción a una falsedad es peor porque, antes o después, lleva a la muerte, de una persona, de una sociedad, de un planeta.
Noviembre de 2023. emiliopauselli@gmail.com