Créalo o no

La semana pasada, entre la asunción del otra vez presidente de los EE.UU., Donald Trump, y sus primeras medidas, y las violentas declaraciones del presidente de la Argentina, Javier Milei, muchos tuvimos la sensación de haber vuelto al siglo XIX en temas tan delicados como el respeto de los derechos humanos, la violencia contra la mujer y la exculpación de los delitos contra la democracia.

El indulto a los condenados por el asalto al Capitolio, donde además de la perturbación del orden democrático se produjeron asesinatos de servidores públicos, o la expulsión de inmigrantes absolutamente asimilados a la sociedad norteamericana desde hace años, son algunas de las muestras que dio el presidente norteamericano en sus primeros días de mandato.

A la par, el presidente de la Argentina declaraba en Davos que los que no piensan como él y a los que califica de “zurdos”, son hijos e hijas de prostitutas, que no les tiene miedo y que los irá a buscar, se sobreentiende, para eliminarlos. A su vez, elabora un proyecto de ley para suprimir la figura penal del feminicidio, propone una agenda que ignore la diversidad de género y descalifica la educación sexual para niños, niñas y adolescentes –que, dicho sea de paso, en Argentina ha tenido una altísima efectividad en hacer disminuir los embarazos a edades tempranas.

Se abre paso la sospecha, en algunos corrillos que procesan la información reflexivamente, de que todas esas medidas y proyectos antediluvianos son distractores que intentan tender una cortina de humo sobre las transformaciones económicas que se estarían produciendo. Así, la parte progresista de la sociedad estaría entretenida defendiendo, por ejemplo, los derechos de las mujeres a no ser asesinadas, y, mientras tanto, no repara en que se suspende la vigencia de la constitución vía decretos dictatoriales o se vuelca la puja histórica entre los que más y los que menos tienen definitivamente a favor de los primeros.

Sin embargo, esta seductora –por lo conspirativa– interpretación no resulta tan fácil de comprobar. Por ejemplo, los designios económicos que en EE.UU. ocultarían estas expresiones desaforadas son totalmente distintos a los que pretenderían ocultar en la Argentina. Mientras en el país del norte se avecinan tiempos de proteccionismo y de defensa del “trabajo norteamericano”, en el país del sur se avecina una apertura indiscriminada a los productos extranjeros y una entrega sin límites de los recursos naturales.

Algunos de los corifeos que en Europa festejan al presidente argentino son, en sus políticas internas, fuertemente estatalistas, mientras que éste afirma que su objetivo último es destruir el Estado.

Puesto en duda el que todas estas acciones y expresiones retrógradas sean una distracción para que la sociedad no pueda enfrentar “lo más importante”, la solución del acertijo no parece tan compleja: se trata de personas que piensan de esa manera y están empeñadas en construir un mundo patriarcal, colonial y sin vigencia de ninguna clase de derechos de los llamados humanos.

Pero, entonces, ¿qué tienen en común proteccionistas y libremercadistas, estatistas y privatistas, líderes de países “centrales” y de países “en vías de desarrollo”? Tienen en común una ideología: se debe respetar la voluntad del más fuerte ya que esa fortaleza es la única fuente del derecho.

Es la ilusión históricamente intentada, y fracasada, de borrar las diferencias entre mercado y sociedad: así como en el mercado se impone el más fuerte, lo mismo debe ocurrir en la vida social. Si para favorecer al más fuerte debo ser proteccionista, o estatista, o libremercadista, es cuestión de detalles, lo definirá el estado de situación.

Ya en la Antigua Grecia algunos creían que las leyes las habían inventado los débiles para imponer por su número lo que no podrían lograr por su virtud –entiéndase esta última como la capacidad de someter a otras personas a su voluntad.

Por eso, toda defensa colectiva de derechos debe ser eliminada, así se trate de una negociación salarial o del derecho de los niños y jóvenes a no ser sometidos a la publicidad de las empresas de apuestas, ya de organizaciones que buscan reparación por los crímenes de lesa humanidad o clubes cuyos socios quieran seguir siendo sus dueños.

No son “distracciones”, son el mundo que proponen como “lo nuevo”. Claro que lo nuevo es muy viejo, y, dentro de lo viejo, lo más espantoso.

Enero de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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