Sentimientos malsanos

Como su nombre lo indica, ese tipo de sentimientos terminan, antes o después, afectando la salud de quien los sufre. La Real Academia Española no ahorra sinónimos para explicar el sentido de esa palabra, indicando, entre otros: insalubre, insano, nocivo, perjudicial, dañino, maligno.

Pero todas esas prevenciones a veces no alcanzan para que podamos evitar tales sentimientos. Hay quienes consideran que la especie humana lleva una marca, para algunos la del pecado, que nos hace propensos a desarrollar esas sensibilidades enfermas. Otros, más optimistas, creen que se trataría de un problema cognitivo: los sentimientos malsanos se tratarían, así, de un error de comprensión, solucionable con el esclarecimiento adecuado.

Los hay también que tratan esas realidades como una enfermedad: alguna situación traumática de la historia personal ha devenido en sentimientos oscuros, dañinos, peligrosos para el propio sujeto y para los demás. Pero tampoco faltan los que consideran a estos sentimientos como resultado de la vida social: sería en las relaciones entre las personas donde nacen creencias, más o menos alejadas de la realidad, que fundamentan esas emociones.

Por estos días, una parte de la sociedad argentina vive uno de estos sentimientos: expresa beneplácito porque otras personas pierdan sus trabajos. ¿Cómo, así? Eso no es posible. Se trata de una infamia del autor, nadie bien nacido y en su sano juicio puede alegrarse porque un compatriota pierda su fuente de ingresos.

Nadie desconoce que la pérdida del empleo es el inicio, en la mayoría de los casos, del ingreso de la pobreza y la indigencia en los hogares. Ya lo explicó poéticamente Celedonio Flores hablando de “la rebeldía del que es fuerte y tiene que cruzar los brazos cuando el hambre viene”.

En defensa de esa parte de los argentinos, que por estos días son presa de esos sentimientos, podemos decir que la sociedad se ha visto sometida a una presión mediática increíble para hacerle creer que todos sus problemas se originan en la existencia del empleo público. Estos “parásitos” que trabajan en las escuelas, atienden en los hospitales, promueven acciones en defensa de los derechos humanos o cumplen tareas destinadas a prevenir o reparar las situaciones de violencia familiar, son los responsables de todas las insatisfacciones que aquejan nuestra vida cotidiana.

Para esta campaña se utilizan argumentos más o menos sofisticados. Entre los primeros se habla permanentemente del “déficit fiscal” que, para ser eliminado, requeriría de la disminución de los empleados públicos –y no, por ejemplo, del aumento de la producción con valor agregado o de los impuestos a los más ricos, que serían opciones virtuosas para perseguir el mismo fin.

Entre los argumentos menos sofisticados, a estos trabajadores se los denomina habitualmente “ñoquis”, que significa que sólo concurrirían a su lugar de trabajo el día 29 para cobrar el sueldo. Además de la falsedad fáctica de esta creencia, no se podrían explicar la multitud de servicios que provee el Estado si esto fuera cierto aun en un pequeño porcentaje.

Tampoco llama la atención a esta parte de la sociedad, que se alegra por el despido de empleados públicos, que cada vez que se produce esa situación también comienzan a aumentar, en forma alarmante, los despidos en la actividad privada. Así ocurrió en los 90, donde se decía que “achicar el Estado era agrandar la Nación”, así ocurrió en el reciente gobierno de la alianza de derecha Cambiemos entre 2015 y 2019 cuya fuerza principal, el PRO, hoy cogobierna en la Argentina, así está volviendo a ocurrir en nuestros días.

No sabemos si los sentimientos malsanos son, en definitiva, resultado del pecado, del trauma psíquico o de la propaganda engañosa. Lo que podemos afirmar es que miles de compatriotas, en el sector público y en el sector privado, pierden su empleo cada vez que un grupo de especuladores financieros llega al gobierno y necesita liberar fondos para sus negocios.

Y, crea lo que crea cada uno sobre las cuentas públicas, que otro ser humano se quede sin trabajo, en ningún caso, parece ser un motivo para festejar.

Febrero de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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