La nueva era de la violencia

El mundo ha quedado dominado por los super ricos, ya se trate de magnates financieros o tecnológicos o de otro orden. Nuestra sociedad, la más desigual que ha existido en la historia conocida de la humanidad, ha visto hundirse los dos principios en los que se basó la cultura nacida con el capitalismo, aunque muchos aún no se hayan enterado.

El primero se refiere a la igualdad de oportunidades. ¿Qué igualdad de oportunidades existirá entre los hijos y las hijas de Elon Musk con el hijo o la hija del desocupado crónico, del cartonero o de la trabajadora informal? El segundo principio que ha naufragado es el de que la suerte social depende del mérito de cada uno. Esto último no es difícil de entender: si no hay igualdad de oportunidades los resultados del esfuerzo personal no estarán garantizados.

Se nos enseña en la escuela que la humanidad debió superar una etapa dominada por la nobleza de sangre, donde la cuna en la que se había nacido determinaba el destino social. Hoy esa nobleza de sangre ha sido sustituida por la nobleza del dinero, y el papel de la cuna en la historia vital sigue siendo más o menos el mismo, ya no consagrado por las leyes sino por la realidad.

Claro que sigue resonando la pregunta de David Hume sobre cómo hacen unos pocos para dominar a tantos. La costumbre, la ignorancia, las creencias son respuestas parciales a esa pregunta. Pero, cuando eso ya no alcanza, la respuesta universal ha sido, y sigue siendo, la violencia.

Una muestra de esa violencia ocurrió en el centro de la ciudad de Buenos Aires el pasado miércoles 12, donde los jubilados, acompañados de sindicatos y simpatizantes de fútbol, reclamaron por la reconstitución de sus ingresos, disminuidos dramáticamente por el actual gobierno, lo que ha llevado a más de cinco millones de adultos mayores a vivir en la pobreza y la indigencia.

La violencia incluyó desde disparos directos sobre los manifestantes, decenas de detenidos, ataques a la jueza que los liberó por considerar que no estaban cometiendo ningún delito ya que el derecho a manifestarse está consagrado por las leyes y, como parte de esa violencia, todo el aparato propagandístico dedicado a justificar el accionar represivo.

La técnica es muy sencilla y se aplica desde hace mucho tiempo: se provoca una situación, luego se registran imágenes de las consecuencias que esa situación produjo, y luego se altera el orden temporal de esas imágenes: se muestran las consecuencias de la agresión policial como la causa que habría originado su intervención. Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, perfeccionó grandemente esos métodos.

Pero, aceptando por bueno todo lo anterior, ¿qué relación tiene la represión ilegal del miércoles pasado en Buenos Aires con los más ricos del mundo? Tiene una relación muy directa: el brutal deterioro de los ingresos de los jubilados, junto a la quita de descuentos a sus medicamentos y otras medidas de ese tipo, tiene como objetivo lograr excedentes para el pago de la llamada “deuda externa”, contraída la mayor parte de ella de manera ilegal y de la que se paga desde hace años intereses sobre intereses, figura prohibida en muchas legislaciones del mundo. Los acreedores finales de esa deuda son los más ricos del mundo.

Pero también tiene una relación indirecta: hay que convencer a la sociedad de que todo reclamo por una vida mejor es ilegítimo, afecta a “la economía” y pone a las personas en riesgo de perder un ojo, la libertad o su vida.

Después de 40 años de democracia nuevamente las fuerzas de seguridad, tan ineficientes a la hora de controlar el delito, en especial el narcotráfico del que algunos creen que son parte, vuelven a utilizar sus armas contra su propia sociedad.

Qué triste destino el de esos jóvenes uniformados a los que se les encomienda la indigna tarea de apalear a ancianos y disparar sobre periodistas. La recuperación de la democracia también dignificará su profesión hoy nuevamente odiada por un pueblo hambreado por los nuevos saqueadores.

Marzo de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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