“Imagina a toda la gente viviendo la vida en paz”, escribió en 1971 John Lennon, mientras los soldados norteamericanos morían muy lejos de su patria, en Vietnam, guerra que finalizaría cuatro años después.
Vietnam del norte y Vietnam del sur, Corea del norte y Corea del sur, India y Pakistán, y así podríamos seguir. Aunque el mundo siempre fue uno solo, los seres humanos lo dividimos, ya sea por las necesidades de seguridad, de los intereses nacionales o de las estrategias geopolíticas, que siempre son las necesidades, los intereses y las estrategias de las elites de cada una de nuestras sociedades.
Tal es el embrujo que las divisiones ejercen sobre el espíritu humano, que hasta le dedicamos inmensos monumentos que lleva años e inmensos recursos construir. Para ejemplo, tenemos allí los restos de la Muralla China, construida y reconstruida durante mil años, con una extensión de más de 20 mil kilómetros.
El Muro de Berlín fue el símbolo de una época, la de la Guerra Fría. El muro que Trump planea construir en la frontera con Méjico, de concretarse, será el símbolo de la defensa que intentan los últimos imperios frente al resto del mundo al que saquean y empobrecen.
Hasta la Argentina planea construir un alambrado de 200 metros en la frontera de 742 kilómetros que tiene con el Estado Plurinacional de Bolivia, aunque ya han pasado varios meses y aún no han comenzado las obras. Si fuéramos China ya nos habrían invadido los Xiong-nu; por suerte, del otro lado se encuentran los hermanos bolivianos.
Claro que no toda división se establece en la frontera o adopta la forma de un muro. Los intereses ganaderos en la Argentina del siglo XIX llevaron a construir la llamada “Zanja de Alsina”, que alcanzó 374 kilómetros de extensión, para evitar que las poblaciones originarias pudieran acceder al ganado que se criaba en sus tierras usurpadas.
En fin, que como ya se ha dicho muchas veces, las fronteras dividen o unen, son un punto de separación o un punto de encuentro. El primero de esos paradigmas es el del mundo en guerra, todos compitiendo con todos, por riqueza, por trabajo, por agua, dentro de poco por aire. El otro es el que imagina “que no hay países y tampoco religiones, nada por lo que matar o morir”.
Rápidamente el lector de todos los lunes se ríe sarcásticamente: ¿Acaso no sabe el autor que a través de las fronteras pasan los delincuentes y la droga, y que eso hay que controlarlo? Bueno, a través de las fronteras también pasan las armas que legalmente unos venden a otros para que ataquen a unos terceros, ¿eso no deberíamos controlarlo también?
No se haga el vivo, dice la lectora que ya es amiga del lector anterior, ¿a usted le gustaría que su hijo o su nieta se hagan adictos a las drogas que pasan sin control por la frontera? No, claro que no, pero esa probabilidad sería ínfima si la policía no manejara la circulación y comercialización de la droga en cada uno de los barrios de cada ciudad del país.
¡Ah, no! Ya mostró la hilacha, dice el primer lector. Lo que a usted le pasa es que está en contra de la policía, está en contra del orden, está en contra de la libertad de circulación, está en contra de… No se ponga así, amigo, que le va a hacer mal al corazón alterarse desde tan temprano. Sólo piense lo siguiente: cualquier vecino sabe dónde se vende droga en su barrio, ¿cómo puede ser que lo que saben todos no lo sepa la policía?
Así que parece que el problema no son las fronteras. El Imperio Chino no se salvó por la muralla, sino que lo hizo estableciendo alianzas con los pueblos nómadas que vivían al norte, el Muro de Berlín terminó siendo impotente para sostener un mundo bipolar, la inmigración africana a Europa o la latinoamericana a EE.UU. no se solucionará con muros ni con control del mar Mediterráneo, sino construyendo un mundo menos desigual.
Claro, usted puede decir “que soy un soñador, pero no soy el único”. Y, créame, siempre serán mejores los sueños que las pesadillas. Y, si de verdad pensamos en los que seguirán en el mundo cuando nosotros ya no estemos, por favor, no apoye a los que venden pesadillas.
Marzo de 2025. emiliopauselli@gmail.com