La guerra del trabajo

Por estos días el mundo se encuentra convulsionado. Lo que ha sido la normalidad de las últimas décadas, con las potencias occidentales proclamando la libertad de comercio y llamando a la competencia sin cuartel para imponerse sobre sus competidores, parece estar llegando a su fin.

Aranceles, proteccionismo, intervencionismo estatal, todas malas palabras hasta hace poco, hoy son impulsadas por la principal potencia del denominado “mundo libre”. Un nuevo nacionalismo parece nacer justamente en ese país que se considera a sí mismo como desarrollado.

Algunos atribuyen esta situación a un intento de los EE.UU. de perjudicar a otras economías que cuestionan su hegemonía mundial, tratando de hacer retroceder el surgimiento de un mundo multipolar. Otros lo atribuyen a la obra de una persona extemporánea que ha llegado, por segunda vez, a la presidencia de aquel país. Otros consideran que es la deriva previsible del neoliberalismo hacia el neofascismo. En fin, que se comprueba una vez más que las cosas pueden tener, y habitualmente tienen, muchas causas.

Pero, lo que se está viviendo por estos días es también el paso de una guerra solapada, que ya lleva décadas, a una guerra abierta: es la guerra por el trabajo. La civilización de la competencia ha ido reemplazando cada vez más al trabajo humano por el trabajo de las máquinas, en ocasiones más eficientes y en ocasiones menos, pero siempre más económicas: no hay que pagarle el sueldo a fin de mes.

La escasez de trabajo o el trabajo mal pago genera pobreza, malestar en la sociedad, abandono de viejas identidades políticas y surgimiento de otras nuevas, no necesariamente mejores. Bernie Sanders explica así la derrota de los demócratas en las últimas elecciones en el país del norte: “No es raro que los trabajadores hayan abandonado al partido Demócrata si el partido Demócrata ha abandonado a los trabajadores”. Trump no quiere cometer el mismo error.

Cuando en EE.UU. se compran productos chinos se está pagando a trabajadores chinos mientras están en el paro los trabajadores norteamericanos. Cae finalmente el velo que cubría a las llamadas democracias liberales: las libertades políticas y las libertades económicas parecen no caminar por el mismo sendero. Eso sólo ocurriría si la premisa que la sustenta, que el mercado sin control reparte eficientemente premios y castigos impulsando la mejora de la vida humana, fuera cierta.

Que el intento sea proteger el trabajo, en este caso norteamericano, no quiere decir que el método sea el adecuado: las guerras, incluida la guerra del trabajo, sólo pueden tener como consecuencia la destrucción, el dolor y el deterioro grave de las relaciones entre los seres humanos.

Lo que está llegando a su fin es la cultura de la competencia. Occidente atravesó una época dominada por el discurso religioso, y el discurso religioso terminó siendo un enorme lastre para la felicidad de la especie: persecución, condena y muerte de los que pensaban distinto; reducción de la mujer, culpable de ingreso del pecado en el mundo, a condiciones indignas dentro de un modelo patriarcal; retraso injustificado del conocimiento.

Hoy estamos llegando al final de una era organizada alrededor de la competencia. La fantástica idea de que los humanos prosperaríamos compitiendo y no colaborando entre nosotros, hoy causa las mayores infelicidades al género humano. El deterioro del planeta y de la sociedad está llegando a niveles nunca vistos.

Como ya escribiera en 1932 el filósofo Bertrand Russell, “Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre.”

¡Ojalá se cumpla su predicción! Este sería un momento muy adecuado para dejar de practicar la necedad.

Abril de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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