La discriminación positiva

Hace ya años se instaló, primero en los organismos financieros multilaterales y luego en las academias públicas y privadas financiadas por aquellos, la idea de que los y las más postergadas de la sociedad debían recibir un trato diferenciado al del resto de la población.

Como tratar a un ser humano de una manera y a otro ser humano de otra se llama desde antiguo discriminación, para hacer potable esta nueva ¿teoría? ¿enfoque metodológico? ¿estrategia para el cambio social? se le agregó una palabrita de buen tono: “positiva”.

Lo que es positivo es bueno, lo que es negativo es malo, así hemos sido criados, a pesar de la electricidad. Porque lo positivo nos afirma en el ser, ya dijo Baruch, mientras que lo negativo nos aleja de la posibilidad de permanecer en él.

De ahí en más la “discriminación positiva” pasó a formar parte de las fórmulas indudables de las políticas sociales, del discurso progresista y de los estudios teóricos sobre cómo promover el desarrollo social. Sólo un necio o un mal nacido podría estar en contra de ayudar a las personas más desaventajadas de nuestra sociedad.

Así, las mujeres pasaron de ser la mitad de la humanidad a ser un grupo postergado, los distintos fenotipos que constituyen la especie humana a ser grupos racializados, los seres humanos no heterosexuales a ser disidencias. Una vez consagrada la desigualdad, sobre la que la discriminación positiva debía tener un efecto benéfico, no se ha hecho tan sencillo volver a encontrar el camino hacia la igualdad.

Décadas de aplicación de la “discriminación positiva” no nos ha devuelto una sociedad mejor. Por el contrario, el mundo se va transformando en un sitio cada vez más peligroso, donde las garantías para la vida disminuyen y las desigualdades aumentan sin cesar.

Quizá sea éste un momento propicio para revisar esas creencias y examinar su origen y su contenido. Las teorías y las prácticas de la “discriminación positiva” se basan en un supuesto poco cuestionado: la sociedad funciona bien y es necesario ayudar a los más rezagados a que cojan el paso.

Que el Banco Mundial crea que el sistema funciona bien no es de extrañar en absoluto; que el progresismo político crea lo mismo ya se hace un tanto más difícil de comprender. Quizás contribuya a esta convergencia la confusa línea que separa hoy el concepto de sociedad del concepto de mercado. La carrera de la vida sería, así, una carrera de obstáculos: a los que vienen más atrás no les vendría nada mal que les quiten algunos para poder competir mejor con los que los superan.

Algo sí ha tenido de bueno la teoría de la discriminación positiva: confirmó, sin dejar lugar a dudas, que la idea de mérito, que ilusoriamente gobierna a nuestras sociedades, es una reverenda patraña. Esos “rezagados sociales”, si no cuentan con una ayuda adicional, jamás lograrán mejorar sus condiciones de vida, por más méritos que acumulen.

Porque la competencia, en realidad, es siempre entre pobres. Mejorar los conocimientos o habilidades sociales de alguno quizás le ayude a encontrar un trabajo, pero no modifica la situación general de desempleo o empleos precarios que afecta crónicamente a la mitad de nuestras sociedades. La resolución de los casos nunca modifica el funcionamiento general del sistema.

Pero la confianza en esa teoría tuvo como consecuencia no deseada otros efectos políticos. Grandes contingentes sociales que la pasan mal o muy mal, pero no pertenecen a ninguno de esos grupos considerados merecedores de la “discriminación positiva”, consideran a éstos como privilegiados y son regularmente seducidos por ideas neofascistas que justifican la postergación estructural de grandes grupos sociales, a los que culpabilizan de su situación.

Para una nueva agenda de políticas sociales, quizás sólo medidas que mejoren la vida de toda la sociedad también mejorarán la situación de los más postergados. O, dicho de otra manera, sólo actuar sobre las causas de la desigualdad y no sobre sus consecuencias, nos devolverá un mundo más vivible.

Abril de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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