La intolerancia no se anota entre los siete pecados capitales, aunque quizás pueda estar emparentado con alguno de ellos. Es difícil evitar la tentación de relacionarla con aquellas expresiones culturales y políticas propias de la extrema derecha, pero no sería una descripción totalmente exacta, al menos desde el punto de vista histórico.
¿Qué diferencia hay entre alguien que trata de “mandriles” a los que no coinciden con sus ideas económicas que serían las únicas correctas en la historia de la ciencia económica, con el que trata de “malnacidos” a los que no se sienten orgullosos de Bergoglio quien habría sido el mejor Papa de la historia de la Iglesia?
Si se ve más de cerca, en un caso se afirma que no es humano el que no piensa como uno, mientras que en el otro se considera que no merecería serlo. No resulta muy grande la diferencia. Por el contrario, parece más bien reflejar una antigua forma de razonar de personas que tienen o creen o desearían tener el poder para eliminar al otro.
Los dos casos citados, y no importa quienes son por aquello de que “importa el pecado y no el pecador”, pertenecen a fracciones políticas e ideológicas completamente antitéticas, lo que nos trae a cuento de que la intolerancia no parece relacionarse con una corriente o manera de pensar en particular y, por el contrario, puede convivir con muy diversas formas de entender el mundo.
Tanto las guerras religiosas como los enfrentamientos raciales son algunos de los resultados históricos del ejercicio de la intolerancia. Muchas prohibiciones, persecuciones y descalificaciones han tenido el mismo origen. En términos generales, la práctica de la intolerancia está unida a los peores capítulos de la historia humana.
¿Cómo puede ser que semejante calamidad no haya sido detectada por los Padres del Desierto, los primeros en comenzar a tratar el tema de los pecados capitales? Bueno, quizás no ha sido totalmente ignorada, por algo la soberbia –componente esencial junto a la vanidad de cualquier tipo de intolerancia– ha sido pensada como el principal de todos ellos.
La soberbia, considerada como una estima irracional del propio yo, está considerada en los libros sagrados como la principal causa de la rebelión de los ángeles devenidos en demonios al desconocer el poder de Dios. En cada soberbio, podríamos decir, hay un dios en potencia, el que, por tanto, no puede equivocarse y ser contradicho, y todo aquel que lo intente perderá inmediatamente su condición humana.
Cuando los supuestos liberales desconocen la libertad de pensamiento de cada ser humano dan al traste con toda su posición ideológica que, justamente, se basa en el libre juego entre individuos autónomos que persiguen con libertad sus propios fines.
Cuando los supuestos defensores del papa Francisco descalifican a los que no piensan como ellos se ponen en flagrante contradicción con las propias posturas del que dicen admirar y defender, quien, por ejemplo, no se sintió capaz de juzgar a los homosexuales. Más allá de que no quiso, no pudo o no supo salvarlos del fuego eterno, su renuncia a juzgarlos representa un gesto de humildad que está en las antípodas de la intolerancia.
Siempre habrá un “mejor” Marx y un “peor” Marx, un “mejor” Freud y un “peor” Freud, un “mejor” Francisco y un “peor” Francisco. Unos pueden ver un aspecto y otros ver el otro, pero eso no tendrá ya que ver ni con Marx ni con Freud ni con Francisco sino con nuestra subjetividad y nuestras creencias.
La intolerancia nos desresponsabiliza de nuestras elecciones y ataca con furia al que nos muestra que existe otro que puede ser distinto de mí, y que a pesar de eso comparte mi misma dignidad humana y que, en el acierto o el error, debe ser merecedor de mi respeto.
La idea de que la intolerancia pertenece exclusivamente a las prácticas sociales y políticas de la derecha es encantadora pero falsa. Las conductas intolerantes no expresan tanto una convicción como la imposibilidad de aceptar un mundo donde puede haber otros con ideas distintas a las mías y que no sean, por eso, ni mandriles ni mal nacidos.
Abril de 2025. emiliopauselli@gmail.com