En el mundo actual a algunos les llama la atención cómo sociedades agobiadas por severos problemas sociales y económicos, al momento de expresarse electoralmente, eligen opciones políticas que incluyen explícitamente en sus programas medidas que profundizarán todos esos problemas.
Es un primer recurso echarle la culpa a la ignorancia política que tendrían esas sociedades, lo que las haría pasibles de ser engañadas por esos actores que, intencionadamente, prometen resolver los males que ellos mismos generan con su accionar.
Una línea de reflexión más elaborada propone que el fracaso de los programas políticos y económicos denominados de manera general e imprecisa “progresistas” produciría desánimo en esas mismas sociedades, lo que generaría la decisión de votar “por algo nuevo”, aunque a la hora de ejercer el gobierno quede en evidencia que de nuevo no tenían nada y recurran a los mismos funcionarios que ellos habían criticado.
Tampoco hay que descartar el cansancio social que genera el espectáculo de “la política”, encarnado por los que ejercen cargos ejecutivos, legislativos y judiciales, siempre rodeados de sospechas o de certezas sobre la manera en que son cooptados por los grandes grupos económicos, dando la espalda a las necesidades de la sociedad que los ha elegido.
Hay también una explicación más procedimental: serían las nuevas posibilidades que la tecnología ofrece para comunicar contenidos inverificables, adaptándolos a lo que querríamos escuchar sin ningún requisito de veracidad, lo que alimenta ese extraño fenómeno de elegir para solucionar los problemas a sus mismos causantes.
Probablemente ocurre un poco de todo eso: somos algo ignorantes, el progresismo ha mejorado por un rato algunos aspectos de nuestras vidas pero sin poder o saber cómo hacer permanentes esas mejoras, el espectáculo que ofrecen muchos referentes políticos dista de ser edificante y algún efecto produce el bombardeo permanente de mensajes que estimulan el odio y el desprecio por los demás.
Pero nuestra recopilación sería incompleta si no reparáramos en una virtud de los discursos neofascistas: son discursos que hablan de las causas de los problemas. No importa la veracidad de las causas señaladas, como puede ser en la Argentina de hoy el déficit fiscal o la casta política, o en otras latitudes la inmigración o la amenaza rusa; lo eficaz del discurso se refiere a señalar causas que, de resolverse, traerían el bienestar deseado.
Por el contrario, el discurso denominado progresista se pierde en consignas algo vagas y poco explicativas. Veamos un ejemplo, ¿a qué causas atribuyó el último gobierno de la Argentina la inflación que no pudo controlar en cuatro años de gestión? Podría haber denunciado a los formadores de precios, insaciables en su afán de ganar desmedidamente en la puja distributiva, o explicar el efecto que la deuda externa tiene en los precios internos en el marco de una economía bimonetaria, o señalar el déficit fiscal como resultado de un sistema impositivo regresivo donde proporcionalmente los que más tienen son los que menos pagan, en fin, éstas u otras causas que era necesario resolver. Pero los formadores de precios son amigos, a los acreedores no se los puede molestar, a los poderosos no les gusta pagar impuestos y desestabilizan a los gobiernos. Las causas de la inflación quedan así desconocidas, y cualquier discurso que hable de sus causas se torna creíble, así sea porque no hay otro discurso con el que confrontar.
La idea de que los acontecimientos tienen causas ha fascinado desde antiguo a la humanidad, ya sean éstas la voluntad de los dioses, el influjo de los planetas o los descubrimientos de la ciencia. Ya el travieso Hume había despertado al adormilado Kant con su broma sobre que las causas no existirían en realidad.
Pero hoy no estamos para bromas. Sería excelente que en un año electoral las fuerzas políticas que dicen enfrentar al neofascismo pudieran contarnos cuáles creen que son las causas de la desigualdad y la pobreza, cómo se proponen modificarlas y por qué no lograron hacerlo en los largos años en que fueron gobierno.
Mayo de 2025. emiliopauselli@gmail.com