Para impedir el ejercicio de los derechos con los que contamos las personas, consagrados por la ley, la Constitución y los Pactos internacionales a los que cada país ha adherido, siempre se ha utilizado la violencia, por la sencilla razón de que, si no fuera así, no lo permitiríamos.
Muchas prácticas humanas pueden participar de esas características, como las costumbres, los discursos o las acciones directas que impiden realizar tales o cuales acciones, aunque más allá de su diversidad todas terminen impactando sobre el cuerpo de los otros.
Durante mucho tiempo, y lamentablemente aún hoy en algunos ámbitos, las costumbres asociadas, por ejemplo, a la heteronormatividad, implicaron distintos tipos de violencia sobre las personas cuya elección de género era distinta al atribuido. Desde la persecución penal hasta la descripción de su decisión como una enfermedad, pasando por el ocultamiento familiar y social, estas personas sufrieron y aún sufren en muchos ámbitos la violación a su derecho a vivir de acuerdo con sus elecciones.
Las costumbres generan discursos, y los discursos influyen en las costumbres, constituyendo la violencia discursiva una forma de violencia que, disfrazada de ejercicio de la libertad, va creando las condiciones para la violencia física. Como ejemplo podemos pensar en las permanentes diatribas que sufrió y sufre la expresidenta de la Argentina, Cristina Fernández, calificada de manera reiterada de “cáncer de la república” y otros epítetos irreproducibles, que desembocaron finalmente en el atentado contra su vida cuando ejercía la vicepresidencia de la república.
A pesar de los ejemplos que demuestran que la violencia verbal, antes o después, se convierte en violencia material, diversos personajes, como el actual presidente de la Argentina y varios de sus principales colaboradores, descalifican a distintos grupos de personas, entre ellos a los periodistas, a los que consideran que “no se los odia lo suficiente”. En paralelo, se encubre la agresión física a algunos de ellos, los que quedarán con secuelas físicas o mentales para toda su vida por las acciones policiales que responden a ese discurso.
Y no puede quedar afuera de este recuento la violencia física directa, como la que se ejerce todos los miércoles en la Plaza de los Dos Congresos, en la ciudad de Buenos Aires. Allí, semana a semana, se apalea y gasea a ancianos y otras personas que acompañan a esos jubilados en el reclamo por la recomposición de sus haberes, los que en pocos meses han perdido gran parte de su poder adquisitivo como resultado de medidas gubernamentales que los han llevado a una situación generalizada de pobreza e indigencia.
Esa es la violencia que habla a través de los discursos, los decretos y el accionar de las fuerzas policiales, transformadas por el poder político nuevamente en represoras del pueblo, lo que la democracia casi había logrado evitar durante los últimos cuarenta años.
Pero sería una descripción incompleta si nos quedáramos con esas manifestaciones identificables y públicas de la violencia. Las mismas serían imposibles de sostener si no contaran con un ejercicio silencioso de la violencia que permite su repetición y continuidad en el tiempo.
¿Qué senador ha descendido algún miércoles desde el recinto de deliberaciones hasta la Plaza de los Dos Congresos para interiorizarse de la suerte que sufren esos conciudadanos regularmente vejados, heridos e impedidos de manifestarse? ¿Qué juez se ha hecho presente para evaluar en el terreno la permanente violación al derecho constitucional a la protesta pública?
Mientras un grupo de personas con poder ejercen violencia explícita contra la sociedad, otros grupos de personas, también con poder, hace como si nada de esto sucediera. Unos hacen el trabajo sucio, otros permiten que lo hagan.
Y esa violencia silenciosa no sólo incluye a otras autoridades públicas: también compromete a la parte de la sociedad que encuentra razones para apoyar electoralmente a los que proponen reprimir cruelmente las protestas contra la pobreza que sus mismas políticas generan.
¡Violentos no son sólo los que salen con un bastón a golpear ancianos! Los acompañan todos los que podrían hacer algo para impedirlo y permanecen en silencio.
Mayo de 2025. emiliopauselli@gmail.com