En 1944, un año antes de la finalización de la segunda guerra llamada mundial, aparecen en el mundo dos libros destinados a tener una influencia diversa en los últimos 80 años. Uno lo debemos a Karl Polanyi, quien lo tituló La gran transformación. El otro a Friedrich Hayek, Camino de servidumbre.
Ambos escudriñaban el pasado para tratar de entender lo que ocurría en el presente: guerra, fascismo, muerte. El primero descubre en el pasado cosas que no están bien y que quizás corrigiéndolas permitan que ese presente no se vuelva a repetir. El segundo encuentra en el pasado el modelo al que hay que volver, atribuyendo a su abandono el origen de todos los males.
Polanyi llega a la conclusión que el capitalismo, al tratar a todos los bienes como mercancías, distorsiona inevitablemente los principios en los que se basa su funcionamiento. Las mercancías se producen para ser comercializadas, pero no todas las cosas que se comercializan están hechas con ese fin: el trabajo, la naturaleza y el dinero son las tres grandes excepciones y, por lo tanto, no podrían asimilarse a las reglas del valor sin generar grandes tensiones.
Hayek vuelve sus ojos al período en que el inicio del libre comercio evitó durante algunas décadas las guerras que asolaban Europa y saca la conclusión de que es la planificación económica la fuente de todos los males. Sus principales referencias de economías planificadas de ese momento eran el socialismo en la Unión Soviética, el nazismo en Alemania y el modelo keynesiano en EE.UU., aunque entrarán en esa categoría todas las experiencias de estados de bienestar.
La caída del Muro de Berlín en 1989 generó euforia no sólo en los mercados sino también en las academias y los centros de pensamiento de raigambre liberal –casi todos–, quienes quedaron esperando, sin dudarlo, la confirmación de las tesis que relacionaban la liberta humana con la libertad de mercado. Dejando de lado la controversial relación de Hayek con Pinochet, la desaparición de varias dictaduras en Europa y América parecían confirmar esos pronósticos alentadores.
Pero la confianza ciega en el futuro no duró mucho. La guerra de los Balcanes, donde más de mil aviones de la OTAN arrojaron sus bombas, la inestabilidad en el Medio Oriente, el conflicto entre Rusia y Ucrania que se intenta transformar en un conflicto paneuropeo, el exterminio en marcha del pueblo Palestino y tantas otras guerras activas que asolan el mundo, no parecen asociar tan claramente la libertad de mercado con la libertad humana y la abundancia.
Los reiterados fracasos a la hora de terminar con la pobreza o de que los Estados puedan ponerse de acuerdo en acciones efectivas para preservar el planeta, no parece ser lo que el propio Hayek esperaba de sus predicciones.
Parece ser, más bien, que esa libertad de mercado proclamada como el principal bien de la humanidad, vuelve a llevarnos al mismo lugar al que nos llevó en el siglo XX: a la desigualdad social extrema y a la guerra como las principales constantes de esa civilización supuestamente libre.
Mientras tanto, en un mundo que ha ido de la bipolaridad a la multipolaridad, se ha erigido como una nueva potencia económica mundial el país probablemente con la economía más planificada del planeta: China.
Aunque en esos mismos centros de pensamiento liberal se descalifique a China porque sus habitantes no van cada tantos años a votar una lista de personas a las que en su mayoría desconocen y a las que luego no pueden controlar de ninguna manera, como hacemos nosotros regularmente y lo llamamos democracia, las cifras que exhiben los organismos internacionales sobre el descenso de la pobreza en el mundo se debe exclusivamente a los 600 millones de chinos que han salido de esa precaria situación gracias a la denostada economía planificada.
¿Mercado? ¿Planificación? ¿Una mezcla de ambas? ¿O deberíamos cambiar las preguntas? Porque dejar el futuro en manos de una cultura que se rige por la obtención de ganancias no parece, en ningún caso, un buen proyecto.
Mayo de 2025. emiliopauselli@gmail.com