… que mal acompañado, dice el refrán, como un anticipo del individualismo extremo que nos asolaría en el siglo XXI. Ya quedó atrás la época donde florecían mutuales, sociedades de socorros mutuos, cooperativas y otras formas asociativas por doquier, como la manera en que las personas, sumando sus esfuerzos, mejoraban la vida de manera significativa.
No es que ahora no se transiten esas experiencias, pero no son lo predominante en la experiencia social ni es la escala de valores de la mayoría de las personas que viven en nuestras sociedades. Por el contrario, lo que se alienta como ideal es el éxito del emprendedor individual, aunque esta figura sea más un postulado teórico que una realidad efectiva en el mundo actual.
Se ha pasado del “nadie se salva solo” al “sálvese quien pueda”. Este sería uno de los resultados de lo que algunos denominan “la batalla cultural”, que consistiría en una confrontación de valores donde los que sustentan el individualismo extremo –la virtud del egoísmo, en clave de Ayn Rand– se van imponiendo a los que pregonan la colaboración mutua como base deseable de un mundo mejor.
Se le echa la culpa de esta realidad a proyectos de origen y contenido muy diverso, como el neoliberalismo o el posmodernismo, el positivismo o la posverdad, la tecnología aplicada a las redes sociales o a la circulación de información incomprobable. Sería un fenómeno sobreimpuesto a la sociedad desde usinas de pensamiento que consideran la disgregación social como una condición favorable para la persistencia de un mundo cada vez más desigual y la conservación de los privilegios de los más poderosos. Algo así como la estructura y la superestructura postuladas por el marxismo, pero dadas vuelta: las ideas habrían pervertido un mundo que antes –imagine usted el antes que quiera: Keynes, el estado de bienestar, el socialismo, otros– funcionaba aceptablemente bien.
Pero también podemos pensar, por un instante, que esas ideas defendidas por el individualismo extremo han encontrado cierta comprobación en la experiencia social de muchas personas desde las últimas décadas del siglo XX. Tiempo atrás, cuando un amigo o un vecino se quedaba sin trabajo, lo primero en lo que se pensaba era en recomendarlo a algún conocido o en el propio trabajo. “Sabe usted” –le decíamos al capataz– “conozco un muchacho que es mecánico y muy bueno, ¿no quiere que se dé una vuelta y usted lo evalúa? Capaz que puede darnos una mano”. O le decíamos a la jefa de taller, donde siempre hacían falta agujas hábiles: “Sabe que tengo una amiga, costurera, ¡no sabe los trabajos que hace! Avíseme cuando quiera que le diga, vio que acá nunca damos abasto”.
Las sociedades de pleno empleo que comenzaron a deteriorarse en las décadas del 70 y el 80, y estallaron en la década del 90 del siglo pasado, fueron transformando definitivamente esa realidad. La otra persona dejó de ser una oportunidad de colaboración para transformarse francamente en un competidor por ese puesto de trabajo cada vez más escaso que ofrecía el mercado.
Pasó a ser una experiencia cotidiana que la suerte de cada uno dependiera de cada uno; de llegar antes, de tener mejores contactos, de aprovechar la posibilidad de formarse mejor, de estar dispuesto a trabajar más horas, a hacerlo con menos beneficios, y, en algunos casos, con pocos escrúpulos. Las ideas del individualismo parecen haber arraigado en un suelo donde todos ya competíamos con todos por alcanzar un lugar bajo el sol de la subsistencia social.
Competencia o colaboración no nacen con el capitalismo y prueba de ello es la antigüedad de las expresiones que dan cuenta de ello. Homo homini lupus, el hombre es el lobo del hombre, popularizado por Hobbes en el siglo XVII, repite la expresión de un dramaturgo del siglo III. Pero antes de eso, en el siglo I, Séneca el Joven había dicho Homo homini sacra res, el hombre es algo sagrado para el hombre.
Posiblemente, el hombre sea las dos cosas. Decidir cuál de ambas vamos a alentar es una responsabilidad muy grande para nuestra época.
Junio de 2025. emiliopauselli@gmail.com