Occidente en su laberinto

Como bien expresara Bertrand Russell, cuando occidente ya no logra equilibrar sus crisis cíclicas “tenemos una guerra: mandamos a un cierto número de personas a fabricar explosivos de alta potencia y a otro número determinado a hacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramos de descubrir los fuegos artificiales”.

En estos días, con consecuencias impredecibles, nuevamente se ha puesto en marcha una intervención en “la casa de otra gente”, donde “experimentan nuevos métodos de masacrar, sofisticados y a la vez convincentes”.

Toda la prensa controlada ya se ha hecho eco del peligro nuclear que representaría Irán para el mundo, como antes lo había hecho de la existencia de armas químicas en Irak, armas que nunca se encontraron, quedando reducida dicha intervención al cambio de un régimen que no era afín a los intereses de los dueños de occidente.

Como a Trump no le van los eufemismos, ya ha declarado que hay que lograr un cambio de régimen en Irán. La Organización de las Naciones Unidas expresa su preocupación y su impotencia, y la diplomacia mundial fracasa una vez más al intentar contener las aspiraciones de los que son o se creen los más poderosos del mundo.

A esta altura, no resulta una casualidad que EE.UU., el principal fabricante y exportador de armas, no actúe sólo a través de sus aliados, como la OTAN o Israel, y se inmiscuya directamente en un enfrentamiento militar que muchos consideran parte de una tercera guerra mundial por etapas.

La sociedad iraní, como toda sociedad en el mundo, enfrenta sus propios problemas. No hay antecedentes de que las dificultades de los países y las culturas se hayan resuelto con misiles. Sí los hay, y en abundancia, que certifican la relación entre el llamado Occidente y las peores lacras de la humanidad en los últimos siglos, como lo fueron, por citar algunas, la esclavitud, el colonialismo, las dos guerras mundiales o el apartheid.

A esta altura, no resulta casual que los EE.UU. nunca ratificaran la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (1948), tampoco firmaran la Convención Americana de los Derechos Humanos o Pacto de San José (1969), no reconozcan la jurisdicción de la Corte Penal Internacional ni de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Eso está en línea con considerarse a sí mismos el Estado Mundial y tratar al resto de las naciones como provincias.

Por estos días, una de sus provincias llamada Argentina, acaba de alinearse con EE.UU. e Israel en esta cruzada contra Irán. Las ventajas que se esperan de esta posición son de cortísimo plazo y consisten en obtener unos dólares más para evitar la debacle del gobierno local antes de las elecciones de medio término, a llevarse a cabo en un contexto de parálisis de la economía y de desocupación creciente, con el único activo de haber contenido, aunque artificialmente, la inflación.

No se espera de este gobierno local muestras de inteligencia o de sensibilidad: ya al tratar a los ancianos de “viejos meados”, a los opositores políticos de “mogólicos” y al anterior Papa preocupado por la pobreza y la desigualdad de “representante del maligno”, dejó en claro su perfil disociado de los avances de la cultura en el mundo. Pero se podría esperar algo de conocimiento del pasado reciente, cuando otro presidente a fines del siglo pasado alineó a la Argentina en los conflictos armados de ese tiempo con consecuencias lamentables para el país.

El lenguaje internacional también necesita de traducción. Cuando se dice “libertad, democracia y seguridad”, corresponde entender “armas, petróleo y dinero”. ¡Quién hubiera dicho que los problemas del mundo actual eran culpa de los traductores!

Junio de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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