A grandes males, grandes desatinos

Las grandes soluciones siguen esperando. Por ahora estamos en la fase de ensayos y en el laboratorio se producen estallidos inesperados y, por ahora, incontrolables. No nos estamos refiriendo a un laboratorio de química o de física, de medicamentos o fertilizantes, nos referimos a las experiencias electorales que viene produciendo la sociedad argentina.

Hemos tenido en el actual período democrático inaugurado en 1983 la necesidad de reemplazar a 9 presidentes: en tres ocasiones la sociedad optó por elegir a los que ya venían gobernando, mientras que en las 6 oportunidades restantes se inclinó por un cambio. De las tres veces que el electorado se expresó por la continuidad de los gobernantes una corresponde al mandato de Carlos Menem, reelegido en 1995, y las otras dos al mandato del binomio Néstor y Cristina Kirchner, reelectos en 2007 y 2011.

En las 10 elecciones presidenciales, contando aquella que se realizó en 1983 después de la dictadura cívico militar que gobernaba al país desde 1976, en siete ocasiones la participación electoral estuvo por encima del 80 %, mientras que su registro más bajo fue del 76,2. 

En el mismo período se realizaron 10 elecciones exclusivamente legislativas, también denominadas de medio término. En ellas 4 veces triunfó el oficialismo gobernante y en 6 la oposición. En este caso, tres veces la participación electoral estuvo por encima del 80 %, siendo su registro más bajo el 71,7 %. Es notorio que la elección de presidentes moviliza más interés social que cuando se eligen sólo legisladores.

Si sumamos ambos tipos de expresiones electorales, siete veces los votantes han ratificado a sus gobernantes y/o sus políticas, mientras que 12 veces se han expresado por un cambio. Eso permitiría pensar en un grado de insatisfacción alto con las gestiones oficiales que algunos comentaristas lo extienden, quizás apresuradamente, a un desencanto con la democracia.

Estos cambios o continuidades no siempre dieron respuesta a lo que la sociedad esperaba, o la dieron muy parcialmente. Por ejemplo, la presidencia de Menem logró controlar la inflación que afligía a la sociedad, pero llevó el desempleo del 4 al 18 %.

Si tomáramos la ratificación de los gobernantes como señal de satisfacción relativa por parte de la sociedad, claramente los gobiernos más reconocidos han sido los de Néstor y Cristina Kirchner. Cuesta entender como se ha volatilizado ese capital político, entre otras cosas porque esa fuerza política no ha dado ninguna explicación al respecto. Sin duda la crisis financiera mundial de 2008 ha sido una causa de peso, agravada por conductas de esa propia fuerza como la autocomplacencia, la dificultad para registrar los aspectos de la realidad que contradecían su discurso y los permanentes enfrentamientos internos.

A su vez, el experimento actual, llevado adelante por la segunda minoría electoral, trata de pivotear sobre el equilibrio fiscal, arrojando a millones de argentinos a la pobreza y la indigencia.   

Pero tanto experimento fracasado no deja de producir sus efectos: en las elecciones legislativas locales, adelantadas en algunos distritos, la concurrencia electoral apenas superó el 50 % de los habilitados para votar. Si esa tendencia se mantuviera para las elecciones de medio término de octubre estaríamos ante un nuevo panorama de la democracia que se hará necesario interpretar.

Minorías intensas y poco representativas podrían ejercer legítimamente el gobierno ya que con una proporción baja de electores se podría ganar una elección. Mientras tanto, una parte de la sociedad no encuentra motivación para concurrir a votar y mantener en sus cargos a los políticos y sus familiares.

La última experiencia electoral que promovió a alguien aparentemente ajeno a la política que prometió terminar con “la casta” resultó un fiasco. La casta volvió con sus más oscuros representantes, desarma el Estado para ampliar sus negocios y sigue los pasos de su socio electoral, que gobernó entre 2015 y 2019, endeudando al país con el solo objeto de favorecer la especulación financiera.

A grandes males, grandes desatinos. La sociedad debería también asumir su parte: la oferta no es muy interesante, pero elegir al que más grita o al que más insulta, por odio a los demás, también tiene su precio.

Julio de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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