En el norte, “liberalismo” siempre ha tenido una connotación positiva, oponiéndose a conservadurismo. En el sur ha tenido una connotación negativa, identificado como el proyecto político del capitalismo más deshumanizado. Pero el paso de la historia ha ido limando muchas aristas y contrastando las palabras con los hechos.
Hoy podemos decir que existen tres tipos de liberalismo: el neo liberalismo, el social liberalismo y, desde hace poco y descarnadamente y otra vez, el nacional liberalismo. Conviene decir de entrada que no se trata de modelos económicos sino de proyectos políticos y, como tales, tienen asignados distintos roles al Estado.
Lo que tienen en común es asignar al mercado el rol principal dentro del funcionamiento social. Las personas, desde Adam Smith para acá, tendríamos cierto tipo de libertad que se expresa en nuestra actividad económica, la que termina ordenando tanto los sistemas de propiedad como el resto de los derechos de los ciudadanos. Usted es libre de trabajar, es libre de acumular, es libre de emprender, es libre de estudiar, es libre de comprarse una casa, es libre de… siempre que el mercado lo permita.
El social liberalismo entiende que el mercado necesita de regulaciones para poder sostener una vida social razonable. Las principales expresiones políticas son la socialdemocracia europea y el llamado progresismo latinoamericano. Su logro histórico han sido los Estados de bienestar que hoy intentan remedar con poco éxito.
El neo liberalismo toma su nombre de un supuesto “liberalismo puro” que habría existido en el siglo XIX. Su ideal declarado es un mercado sin ninguna clase de restricciones ya que cree que del libre accionar de los distintos actores económicos surgiría la mejor sociedad posible. La primera experiencia en América Latina lo constituyó la dictadura de Pinochet en Chile en contacto con el padre de la teoría.
El nacional liberalismo estimula la libertad económica interna, pero cree que hay que proteger el mercado nacional frente a otros mercados que pueden competir con sus intereses. Los imperios coloniales en los siglos XVIII y XIX fueron buenos ejemplos de este tipo de liberalismo, al que intentaron sumarse Alemania, Italia y Japón con sus políticas expansivas en la primera mitad del siglo XX.
Estos tres liberalismos, más allá de sus distintas declaraciones, se apoyan en el Estado como el principal gestor de sus proyectos políticos. El social liberalismo considera al Estado como el instrumento para producir cierta redistribución de la riqueza creada por la sociedad. La tensión entre el funcionamiento del mercado como generador de desigualdad y esos intentos redistributivos ha estado en el centro de las controversias políticas de las últimas décadas.
El neo liberalismo considera al Estado como el aparato legal y represivo que permite acumular riqueza a los grupos y personas que se encuentran en la cúspide de la estructura social, riqueza que desde hace décadas las sociedades esperan que se derrame sin resultados aún. La supuesta libertad de mercado que defendería a ultranza encuentra un límite cuando se trata de los salarios de los trabajadores o de las prestaciones de la seguridad social: estos deben ser regulados y mantenidos en el nivel más bajo posible. Su prédica en contra del Estado es falaz: sin un Estado fuerte es imposible aplicar el proyecto político neoliberal.
El nacional liberalismo considera al Estado como el instrumento para obtener ventajas sobre otras sociedades imponiendo sus condiciones en los términos del intercambio. Como los discursos del nacionalismo y de la libertad económica expresarían cierta incongruencia entre sí, es necesario que el Estado identifique algunos supuestos enemigos causantes de los males nacionales para justificar sus acciones: los judíos en la Alemania nazi, los inmigrantes en los EE.UU. de Trump; el resto de Europa o China, respectivamente.
Estos parecen ser los ciclos que se presta a sufrir el llamado “mundo occidental”, con un vaivén entre unos y otros de acuerdo con cada momento y, cada vez más, con poca diferencia entre sí. Un proyecto político que asigne ciertas funciones al mercado y reserve otras para la sociedad sin sonrojarse, aún espera por nacer.
Julio de 2025. emiliopauselli@gmail.com