Un mundo oscuro

Después de la Segunda Guerra Mundial, última noche oscura de la humanidad, el amanecer trajo la proclamación de los derechos humanos –aquellos que nos corresponderían sólo por ser miembros de la especie–, la desarticulación del sistema colonial y una creciente mejora en las condiciones de vida de millones de personas tanto en los Estados capitalistas como en los socialistas.

Los estados de bienestar y la Revolución china fueron, probablemente, el mediodía de ese impulso. La reunificación de Vietnam y la expulsión del último ejército invasor de aquel país, más el final del apartheid en Sudáfrica, un dulce atardecer.

Ya las sombras de la noche comenzaron a hacerse notar con la política guerrera y expansionista de Israel llevada hoy hasta el paroxismo, con los aviones de la OTAN descargando toneladas de bombas sobre la ex Yugoslavia y con diversas invasiones y guerras de exterminio que se suceden en el planeta hasta nuestros días.

Pero la destrucción física que producen las guerras tiene un correlato en la aniquilación de principios morales que parecían ya fuera de discusión. La noche trae también nuevas expresiones de racismo, de misoginia, de odio a lo diferente. En el país el norte –EE.UU.– la persecución de los inmigrantes es la nueva consigna que intenta convencer sin pruebas a la sociedad de que ellos son los causantes de la falta de trabajo, de la delincuencia y de la violencia que acompaña la vida de ese modelo cultural. De alguna manera hay que explicar que el sueño americano se haya transformado en una pesadilla.

En el país del sur –Argentina– el blanco son los jubilados, los discapacitados y los niños enfermos los que atentarían contra el “equilibrio fiscal”, reclamando un mayor presupuesto para atender sus necesidades haciendo así calamitosa la vida de los que trabajan y pagan impuestos. Si no son ellos, ¿quiénes? Alguien debe tener la culpa.

Véase que, en ambos ejemplos, los culpables, que por tal motivo son perseguidos y privados no sólo de sus derechos sino de todo trato humano, son los más débiles de la sociedad. Llamativo, ¿no? Ancianos, niños, trabajadores migrantes precarios impedirían la vida feliz de millones de personas que, de otra manera, no tendrían ninguna frustración que enfrentar.

Los poderosos de la tierra no tendrían responsabilidad en esa deriva que lleva a la humanidad a una nueva etapa de oscuridad. Los Bancos que amasan fortunas sin aportar bienes ni servicios, sólo especulando con el dinero, tampoco. La desigualdad profundizada a partir de las usurarias deudas a las que se somete a los países, menos. Las políticas arancelarias y paraarancelarias utilizadas para tomar ventaja del esfuerzo productivo de otras sociedades, nada que ver.

¡Haga patria, mate un viejo! O un inmigrante, o un niño enfermo que solicita atención médica. Esos son los que nos quitan el pan de la boca, no los magnates y mega millonarios cuyas fortunas equivalen al producto de varios países pobres.

Desconfíe de las universidades que no enseñen estas verdades evidentes, de los intelectuales que insistan en ideas perimidas como las de la justicia social, de las ONG que están en el negocio de los derechos humanos, de las agrupaciones feministas que reclaman por derechos que ya tienen o que no necesitan. En fin, apague cualquier luz que intente iluminar un futuro mejor.

 Así, la oscuridad, será completa.    Agosto de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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