Las tres apariciones del mal

Qué cosa sea el mal es un tema que ha interesado a la filosofía y a las religiones desde antiguo. La razón es obvia: un mundo donde el mal no existiera sería más amable de vivir, ahorraría mucho sufrimiento y permitiría a los seres humanos dedicar todos sus esfuerzos a construir el mejor futuro posible.

Pero la creación o la evolución no nos ha dado ese regalo. Por el contrario, desde la más tierna infancia debemos tomar nota de la existencia del mal y gran parte de lo que llamamos educación se destina a aprender a superar las frustraciones que las cosas malas nos producen.

Las religiones están divididas al respecto. Algunas postulan un creador bueno que, como era de esperar, hizo todo bien, pero luego algún ángel caído o el principio material introdujo el mal en la creación. Otros, quizás más realistas, postulan que el bien y el mal son principios eternos, y que nunca se logrará imponer definitivamente uno sobre el otro.

En la filosofía tampoco hay unanimidad al respecto. Algunos plantean que el mal no tiene entidad en sí mismo, que aquello a lo que llamamos mal es sólo la ausencia del bien. No se podría incluir al mal en una ciencia del ser sencillamente porque no tendría realidad ontológica: el mal estaría “no siendo”. A este mal definido como la ausencia del bien lo consideraremos la primera aparición del mal.

Otros plantean que el mal sí existe y que es una realidad moral. La cultura establecería a través de las costumbres (moral) o de la razón (ética) qué es lo bueno. De esta manera, no actuar de acuerdo a lo que se considera bueno no sólo significa ausencia del bien, sino que establece una realidad definida para la existencia del mal. A esta definición del mal como mal moral lo consideraremos la segunda aparición del mal.

Pero el mal aparecerá una tercera vez, y estará representado por los que postulan el mal ontológico. En este caso el mal no sólo existe, sino que su existencia no se debe a que contraría determinados principios morales o éticos; no existe en oposición al bien, sino que tiene una existencia independiente, existe en sí mismo. Al mal ontológico lo consideraremos la tercera aparición del mal.

Nuestro lector de todos los lunes se siente un poco confundido. La lectora que siempre lo apoya exige que se den ejemplos de cada una de estas apariciones del mal, si no, agrega en voz baja, todo esto es nada más que palabrerío, hueco, agrega el primer lector.

Nos parece un reclamo justo, así que iremos con los ejemplos. Una persona registra una situación dudosa en la cuadra de su casa: alguien que no conoce va de esquina a esquina observándolo todo. La persona prefiere no meterse en problemas y entra en su casa. Podría haber hecho muchas cosas buenas, pero no las hizo: ni se quedó observando para ver en que derivaba aquello, ni envió un mensaje al grupo de vecinos ni avisó a la policía. Luego se entera de que esa tarde a dos vecinos les robaron las baterías de sus autos. Él no hizo nada malo, pero el no haber hecho cosas buenas que estaban a su alcance derivó en algo que con seguridad nadie había deseado. La indiferencia es un buen ejemplo del mal como ausencia del bien.

El jefe de compras sabe que está mal pedir retorno a los proveedores, pero muchos lo hacen. Es más, los proveedores se lo ofrecen sin que él lo pida. Al fin y al cabo, al proveedor le conviene porque vende más y a él le conviene porque agrega unos pesitos, y a veces unos pesotes, a su sueldo mensual. Bueno, ¿que la empresa termina pagando más caro? Con la plata que gana la empresa eso no le hace ni mella. La corrupción es un buen ejemplo del mal moral.

Alguien maltrata a un gato hasta producirle la muerte: coloca al animal en medio de vidrios rotos y agudos alfileres, ajusta un collar a su cuello de manera que apenas le permite respirar, ata cañitas voladoras a su cola y les prende fuego. El animal, en pánico, al intentar escapar se lastima sus patas, cae sobre los vidrios, se ahorca con el collar y definitivamente cae muerto. La persona que lo hizo lo observa como un gran espectáculo. Le produce placer sentirse dueño de la vida y la muerte de otro, y lo disfruta. La crueldad es un ejemplo del mal ontológico.

Llévelo del ámbito privado al ámbito público: allí encontrará al funcionario indolente, al corrupto y al que disfruta de hacer mal a los demás. En la historia hay muchos ejemplos de esta última aparición del mal: las guerras, los campos de concentración, los genocidios, privar de recursos a los ancianos, robar a los discapacitados, hacer desaparecer personas, dispararle a la cara a los periodistas, por citar algunos casos.

Queda por investigar si hay alguna relación entre estas tres apariciones del mal y, en tal caso, cual sería. ¿Será que el “no es problema mío”, el mal como ausencia de bien, va generando las condiciones para las dos siguientes apariciones? ¿Será que la crueldad extrema hace que cada uno trate de salvarse como pueda? ¿Será que el mal moral desanima a los que podrían hacer el bien y termina justificando a los que disfrutan haciendo el mal?

¿A usted que le parece?

Septiembre de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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