La política incluye, efectivamente, un aspecto agonístico, ya que se trata de qué ideas y qué grupos prevalecen en una sociedad en un momento determinado. No es la única actividad dominada por la lucha: el deporte es un excelente ejemplo de antagonismo que pone en juego virtudes, destrezas e inteligencia para imponerse sobre el adversario.
De allí proviene la palabra, donde agonistiké significaba en la vieja Grecia, justamente, el arte de los atletas o la ciencia del combate. Pero toda lucha tiene reglas, justamente para que los enfrentamientos no terminen en la muerte el adversario, porque si se elimina al adversario se terminó la lucha: además de un sentimiento humano, es casi un problema de definición.
Sin embargo, hay situaciones donde la muerte es el resultado de la lucha, como en el caso de las guerras, los genocidios y las persecuciones raciales o religiosas. Pero la política no es una de esas situaciones; por el contrario, la política alienta la vida de los pueblos y comunidades, pone en discusión distintas maneras de entender el bien común y genera, o debería generar, la propuesta de caminos para alcanzarlo.
Sin embargo, cada tanto, en la historia aparecen personajes que olvidan o desconocen esta característica de la política, y la realidad se las hace recordar. Es un tema que excede las ideologías y las pertenencias partidarias, va más al fondo de la cultura y define en momentos claves el perfil humano de esos dirigentes políticos.
Tuvimos un ejemplo en 1983, en la última recuperación de la democracia en la Argentina, cuando en el acto de cierre de campaña de la fuerza favorita para ganar las elecciones apareció en el escenario un ataúd con las siglas del partido político contrario, el que, a la postre, terminó ganando las elecciones. En la Argentina de los 30.000 desaparecidos a alguien le pareció gracioso identificar la situación del adversario con la muerte.
Pero hay gente que no estudia la historia, o la estudia sin provecho, y vuelve a exponer su necrofilia ante toda la sociedad de la que espera su respaldo. En la elección del principal Estado argentino, la provincia de Buenos Aires, que concentra el 40 % de la población del país y es a la vez el principal productor industrial y agropecuario, tuvimos un nuevo ejemplo de lo reñida que está la necrofilia con la política: el líder de la fuerza que gobierna el país y que se implicó personalmente en esa elección, no encontró mejor metáfora que la de señalar que el triunfo de su fuerza significaría el último clavo en el ataúd de su adversario.
¡Ay, Dios! ¡Cuánta ignorancia! La elección que primero esa fuerza creía posible ganar, que en los últimos días se inclinó por pronosticar un “empate técnico”, terminó con una derrota por 13 puntos porcentuales que pone en jaque ya no sólo su predomino en ese distrito electoral sino en todo el país.
Es que no se puede jugar con las palabras: éstas tienen un poder que aún nosotros, sus creadores, no terminamos de conocer. Cuando el partido gobernante de ultraderecha, negacionista de los crímenes de la última dictadura militar, quiso utilizar la consigna “nunca más” referida a ese acontecimiento, no sabía que estaba decretando su propia y estruendosa derrota electoral.
Fue como decir “nunca más” a ellos mismos, nunca más a los que conciben la política como poner clavos en un ataúd, nunca más a los que, como dijera Francisco, insultan y agreden ignorando “que las palabras matan”.
Cuando pase el tiempo, y sin restar ningún mérito a los ganadores de la elección ¡gracias, Axel!, creo que este evento será estudiado como un caso de suicidio político por ignorancia. Tendría mucho éxito un libro que aconseje “Como hacer para perder una elección”, firmado por Javier Milei.
Después de casi dos años, muchos argentinos nos fuimos a dormir anoche sintiendo que, a pesar de todo, aún tenemos futuro.
Septiembre de 2025. emiliopauselli@gmail.com