Los pobres no existen

Esta afirmación, en sociedades tan desiguales como las nuestras, puede parecer increíble. Los científicos sociales creen que hay pobres, los funcionarios públicos creen que hay pobres, los medios de comunicación creen que hay pobres, las iglesias creen que hay pobres. De eso están todos convencidos, hasta los pobres.

Pero a la hora de definir a un pobre nos la vemos realmente en figurillas. Esto se debe no sólo a las diferentes maneras de medir la pobreza, ya sea por ingresos, por necesidades básicas insatisfechas o por acceso a derechos. En todos los casos, esas definiciones no alcanzan para distinguir a nuestro pobre del resto de los seres humanos.

La creencia de que hay pobres lleva, inevitablemente, a que multitud de acciones se dirijan a “cambiar” al pobre para que, definitivamente, deje de serlo. El pobre es como el enfermo: necesita de cura. La terapia puede estar orientada a sus capacidades cognitivas, a sus habilidades sociales, a su participación ciudadana o a otras dimensiones que lo definirían como pobre.

El éxito de estas acciones debería consistir, entonces, en una disminución progresiva de esas limitaciones y en un aumento correlativo de las características que hacen a las personas miembros “normales” de una sociedad.

Claro que cuando una parte importante de la sociedad vive en la pobreza ya se hace un poco más difícil la definición de normalidad, aunque siempre es posible agregar algunas aclaraciones complementarias que indiquen cómo debería ser esa vida normal para no ser considerado pobre.

Pero, aun incluyendo esas precisiones, la definición de pobre se nos sigue negando. No logramos encontrar nada distintivo, inherente al pobre, que nos permita diferenciarlo del resto de los miembros de la especie. Algo así como un análisis de sangre o un test mental que nos asegure cuándo definir a alguien como “pobre”, o sea, como distinto al resto de las personas.

Los intentos de relacionarlo con su edad, su género, su nivel de instrucción, han fracasado también. Niños, jóvenes o viejos; varones o mujeres; con estudios básicos o con estudios superiores, en algún momento de su vida pueden ser considerados pobres, aunque la esencia de la “pobreidad” se nos siga escapando.

Quizás sea hora de abandonar esos intentos de definición del pobre, tarea que fluctúa entre la estadística y la moral, y reconocer de una vez que no existen “los pobres” ni “los indigentes”. Sólo hay seres humanos, absolutamente iguales e indistinguibles del resto de la especie, que viven en condiciones de pobreza o indigencia.

No es lo mismo una persona que sufre de diabetes que un diabético: esta última denominación es el resultado de una confusión entre la condición y la identidad, y que, por lo tanto, no existe en el mundo real. No es lo mismo una persona que vive en condiciones de pobreza que un pobre. Y la confusión de la condición con la identidad termina siendo una operación que, intencionadamente o no, sólo sirve para organizar la administración de aquellos que viven en esa situación.  

Un primer corolario de este descubrimiento será que lo que se debe intentar cambiar, entonces, son esas condiciones y no a las personas que las sufren. El problema ya no será, entonces, que “el pobre” aumente su “empleabilidad” para así, quizás, obtener ingresos: el problema al que habrá que prestar atención es a que tenga ingresos. Ya no será un objetivo que “el pobre” se organice para tener agua potable: el real desafío será que tenga agua potable y terminemos con las enfermedades que se originan por no contar con agua segura en pleno siglo XXI.

Porque, como ya ha sido dicho, la pobreza no es un problema de falta de actitud, sino de falta de efectivo.

Septiembre de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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