El fin del mercado de las pobrezas

“Siempre tendréis a los pobres con vosotros y cuando queráis les podréis hacer bien”. Siglos de limosnas y caridad siguieron a esas palabras que escribió Marcos en su evangelio. Pero eso no impidió que la humanidad soñara con terminar con ese flagelo, resultado de las desigualdades sociales.

El siglo XX fue promisorio en ese aspecto. Por un lado, el llamado “socialismo real” intentó construir una sociedad igualitaria, por el otro los llamados “Estados de bienestar”, trataron de universalizar servicios sociales para toda la población.

Ese sueño terminó con la caída del Muro de Berlín y la instalación del proyecto neoliberal en los países capitalistas. La pobreza dejó de ser una responsabilidad de la sociedad para transformarse, nuevamente, en un problema individual.

Pero, como no se podía desconocer de un día para otro todo lo dicho sobre la superación de la pobreza, apareció, en las últimas dos décadas del siglo XX, una nueva estrategia: las políticas sociales focalizadas. Gran parte del progresismo latinoamericano abrazó estas políticas con entusiasmo, resaltando que se trataba de ayudar a los más pobres y desprotegidos de la sociedad.

No se reparó o no se quiso reparar en la idea básica que acompañaba a esa estrategia: la sociedad funcionaba bien, sólo había que ayudar a los rezagados a coger el paso y que comenzaran a disfrutar de las mieles de la sociedad de consumo. La pobreza no era considerada un problema sistémico sino resultado de carencias de los individuos que la sufrían.

Algunas organizaciones y grupos de investigadores alertaron sobre la falta de consistencia de esas políticas, básicamente porque operaban sobre las consecuencias y no sobre las causas de la pobreza, pero los recursos, y detrás de ellos los discursos, iban en otra dirección.

Fue al calor de las políticas focalizadas como se creó el mercado de las pobrezas, cada cual debía concurrir a él a vender su mercadería: mujeres violentadas, jóvenes humildes, habitantes de barrios carenciados, personas desocupadas, comunidades originarias postergadas, cada cual debía hacer valer su pobreza como la más digna de ser comprada.

Como contrapartida, la creación de ese mercado fragmentó a la sociedad: de los problemas de los jóvenes debían ocuparse los jóvenes, las mujeres de los de las mujeres, los desocupados de los suyos y así de seguido. Como en el Antón Pirulero, cada cual atiende su juego: la sociedad en su conjunto no tenía nada que ver con lo que les ocurría a esos grupos postergados.

Sin embargo, casi medio siglo de fracasos de las políticas focalizadas no ha llevado a la generación de políticas universales, sino que, en su lugar, y utilizando su fracaso como argumento, ha llevado a la eliminación de políticas destinadas a la mejora de la vida social.

Políticas universales, no. Políticas focalizadas, no. Ahora el mercado se encargará de todo. El mismo mercado que hizo necesario, en su momento, generar políticas para atender las situaciones más disfuncionales de nuestras comunidades.

No hace falta haber leído a Karl Marx o a Adam Smith para saber cuál es la ley del mercado: es la misma que la del océano, el pez grande se come al pez chico. Tal como es el mundo actual, con unos pocos peces inmensamente gordos y millones de peces pequeños en situación de ser comidos.

Porque lo que no se quiere o no se puede aceptar es que la pobreza es la consecuencia de nuestra manera de producir riqueza, exacerbada desde el momento en que retrocede el trabajo y ocupa su lugar el dinero, que se multiplica, vendiendo y comprando, sólo dinero.  

Febrero de 2026. emiliopauselli@gmail.com

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