Una nueva guerra, y van…

Siempre la guerra ha significado una desgracia para los pueblos. Muerte, destrucción, hambre, abusos sin fin. Sin embargo, sigue siendo una práctica humana casi permanente desde que tenemos historia. Sería difícil comprobar si existió algún momento donde, en todo el planeta, no hubiera un grupo de miembros de la especie guerreando contra otros o preparándose para hacerlo.

Sin embargo, la calidad del riesgo ha variado completamente a medida que fuimos descubriendo “nuevos métodos de masacrar, sofisticados y a la vez convincentes”. Los medios de destrucción existentes, más las posibilidades que brinda la IA para utilizarlos, va transformando al planeta todo en un objetivo militar.

Si tomamos un poco de distancia de la cotidianeidad que los medios de desinformación alientan, podemos reparar en algunas características de las últimas guerras. La primera, que han sido iniciadas por los EE.UU. –principal productor y vendedor de armas del mundo– por lo que se hace difícil separar esas confrontaciones del cuidado del propio negocio.

La segunda, a tenor de los objetivos seleccionados –Venezuela, Irán–, que las existencias de petróleo ejercen un atractivo irresistible para esa misma potencia, cuyas reservas de hidrocarburos se agotarán a corto plazo.

Y la tercera, que las naciones atacadas mantienen una excelente relación comercial con China, país que, utilizando las reglas del libre comercio –supuestamente la base de las democracias occidentales– se ha transformado en la primera potencia económica mundial.

Siempre es más fácil hablar de fútbol con el diario del lunes. Los resultados acomodan muchas teorías e hipótesis históricas. Hoy creemos que la Primera Guerra Mundial, también llamada la Gran Guerra –porque nadie se imaginaba los horrores que esperaban a la humanidad en el futuro–, tuvo algo que ver con el incumplimiento del Pacto de Berlín, así como la Segunda Guerra Mundial, con el Pacto de Versalles.

Pareciera que la solución a las viejas guerras termina siendo parte de lo que generará las nuevas. El incumplimiento por parte de los poderosos de las resoluciones de la ONU, creada en 1945 justamente para evitar futuras guerras, parece ser una de las razones por las que EE.UU. puede atacar a cualquier país del mundo sin que se avizoren recursos para impedir la violación de la legalidad internacional y, lo que es más llamativo aún, sin que se alce un clamor de la mayoría de las naciones contra manifiestos atropellos.

Pero no debería llamarnos la atención: lo que llamamos “mundo” no hace referencia a un planeta, una geografía, unos pueblos o unas culturas; lo que llamamos “mundo” es, en realidad, una construcción hecha desde los medios de prensa hegemónicos, reforzados en las últimas décadas por las denominadas redes sociales y los algoritmos, y apoyado por antiguas y nuevas religiones. Por ejemplo, Venezuela o Cuba están fuera del “mundo”, no se corresponden con el relato que hay de “mundo” y deben ser combatidas. Claramente, Irán tampoco es parte del “mundo”: para incorporarse al mundo “debe rendirse incondicionalmente”, como expresó el presidente norteamericano.

Por el contrario, Ucrania es parte del “mundo”, por eso la invasión de Rusia a ese país impide que la Federación Rusa pueda participar en las olimpíadas o en el mundial de fútbol, porque el COI y la FIFA también son parte del “mundo”.

Pero ese “mundo” no tendrá ningún problema en que EE.UU. no sólo participe del mundial, sino hasta que lo organice, porque la cuestión, en última instancia, nunca es la guerra, sino los intereses que la generan y que intentan imponerse a la humanidad en nombre del “mundo”.

Marzo de 2026. emiliopauselli@gmail.com

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