¿Quién no desea recibir servicios exclusivos, utilizar una ropa exclusiva, realizar un viaje exclusivo, gozar de una vivienda exclusiva? Lo exclusivo está relacionado con lo excelente, con la calidad, con aquello a lo que yo me hice merecedor.
Los merecimientos pueden ser de distinto tipo. Podemos gozar de algo exclusivo por nuestra sagacidad, la que nos permitió aprovechar una oferta incomparable. También podemos disfrutar de la exclusividad por formar parte de un grupo que, como tal, lo merece, por ejemplo, los clientes de un Banco o las personas participantes de una red social. Finalmente, podemos acceder a lo exclusivo simplemente porque tenemos el dinero suficiente para pagarlo, y tener dinero puede responder a un mérito propio, o de los padres o de los abuelos, o de haber sabido eludir a la justicia.
Por otra parte, la sociedad contemporánea viene haciendo esfuerzos por respetar las decisiones de los demás, tanto en la manera de vestirse, de alimentarse, de elegir la música, la religión, el trabajo o las preferencias sexuales. ¿Por qué tengo que ser igual a todos si puedo ser yo mismo? En generaciones anteriores, y actualmente aún en algunas culturas o grupos sociales, muchos individuos han sido o son infelices toda su vida, cuando no estigmatizados y perseguidos, por ser diferente a lo que la mayoría considera “normal”.
En una primera mirada, lo exclusivo parece ayudar a que me diferencie de los demás. ¿Es esto real o es solo una ilusión creada por los excelentes profesionales del marketing? Pude acceder a ese recital por tener cierta tarjeta de crédito, y no otra: las entradas se vendían exclusivamente para nosotros. Al llegar al estadio me encuentro con otros miles de personas que se disponen, como yo, a disfrutar de ese concierto. Es exclusivo para nuestro grupo, pero no exclusivo para mí. Desde que suena el primer acorde, soy igual a todos los demás.
Esa agencia de turismo, con la que ya viajé otras veces, por ser cliente, me ofrece de manera exclusiva un crucero con un 50 % de descuento. Claro que no desconozco que en ese crucero se embarcarán otros cientos de personas que han comprado sus pasajes de las más diversas maneras. Desde que el barco leva el ancla soy igual a todos los demás.
Esas ollas donde nada se pega y las comidas salen siempre con un sabor increíble, que no se venden en ninguna casa del ramo y a las que sólo se accede de manera exclusiva llamando al número que aparece en la pantalla de nuestro televisor, llegarán a miles de hogares, a todos aquellos que las hayan comprado telefónicamente. Una vez más, desde que el repartidor toca el timbre de nuestra casa, soy igual a todos los demás.
Todos sabemos que el mercado funciona así, que lo que ofrece como exclusivo no es exclusivo para mí sino para aquel grupo de la sociedad a la que se le quiere vender algo. Sin embargo, eso no quita ni un gramo de la seducción que nos produce acceder a algo exclusivo, aunque sepamos que es un tipo de exclusividad que no nos hace únicos, sino todo lo contrario.
¿Cuál es la magia de lo exclusivo? Como la palabra misma lo declara, de esa oportunidad están excluidos muchos otros seres humanos. “Tenga lo que tienen todos” podría ser un excelente slogan publicitario: si lo tienen todos ha de ser muy bueno. Sin embargo, no, si lo tienen todos ya no es tan valioso ni tan atractivo. Lo tiene cualquiera.
El paisano mira con ojos tristes a un vecino que llega al boliche montado en su caballo. El amigo con el que compartían el vino, viendo su expresión, le pregunta: “¿Quieres tener un caballo tú también?”, “No, lo que no quiero es que lo tenga él”. Este es el corazón de lo exclusivo y, aunque usted no lo crea, se trata de un caso de envidia.
Este pecado capital tiene una vida oculta. Lo que en la superficie aparece como el deseo de un bien o de una situación que tiene el otro, encubre una pregunta secreta: ¿por qué él sí y yo no?, ¿qué mérito ha hecho él que no haya hecho yo?
Así, exclusividad y mérito caminan de la mano. Lo exclusivo, aunque sepamos que nunca lo es, refuerza en nosotros la sensación de merecimiento, de que somos más que los demás. En una cultura que exhibe la increíble creencia de que la vida mejora compitiendo, y no colaborando, entre nosotros, el glamour de lo exclusivo parece indestructible.
Un día, cuando se analice la fascinación que ejerció en nuestra época excluir a los demás, seremos estudiados con la misma curiosidad con la que hoy estudiamos a las culturas que creían descender del sol o que realizaban sacrificios humanos, con la diferencia que aquellas tenían razón respecto de lo del sol y sólo sacrificaban a unos pocos miembros de la especie… y no todos los días, como hacemos nosotros.
Marzo de 2026. emiliopauselli@gmail.com