Hay una serie de términos que se utilizan para calificar maneras de pensar, ideologías y posturas políticas, que no siempre respetan fielmente la etimología que les ha dado origen. Esa operación de la mente, a veces, crea sinonimias donde no existen y contrapone prácticas que no siempre están enfrentadas.
Claro que una más correcta utilización de los términos no resolverá los acuciantes problemas del mundo actual, pero tampoco una asignación confusa de significados ayudará a la hora de intentar pensar en un mundo mejor.
Empecemos por distinguir dos términos que se usan frecuentemente como sinónimos: ser conservador o ser reaccionario, que se aplican indistintamente a aquellos que se sitúan a la derecha del espectro político. Una cosa es considerar valioso conservar lo que existe –costumbres, leyes, rituales– y otra cosa bien distinta es reaccionar ante los cambios. En el primer caso se aprecia lo alcanzado, en el segundo se reacciona ante cualquier modificación del statu quo.
Para que haya reacción tiene que haber innovación, si no, no existe materia contra la cual reaccionar. Para querer conservar tiene que haber propuestas de cambios hacia el futuro, sin esas propuestas nadie puede evaluar si es mejor lo que tenemos o lo que vendrá. Reacción-innovación, conservación-cambio: no olvide estos dos pares de significados.
La democracia en la Argentina innovó, por ejemplo, consagrando el derecho al divorcio o al matrimonio igualitario, y suscitó las consiguientes reacciones. Por otra parte, conservó la ley de entidades financieras sancionada durante el último gobierno militar, impidiendo que cambie la supremacía de los intereses financieros por encima de los de toda la sociedad.
Así como diferenciamos antes el ser conservador del ser reaccionario, ahora intentaremos distinguir entre proponer cambios y ser progresista. Por cambio entendemos toda modificación del contexto en el que vivimos, incluyendo las reglas, las costumbres y los derechos. La confusión entre proponer cambios y ser progresista proviene, posiblemente, de la creencia de que todo cambio apunta a mejorar la vida social, idea adherida a la noción de progreso.
Si bien es razonable pensar que no habrá progreso sin cambios, va de suyo, y el mundo actual ofrece abundantes ejemplos, que no todo cambio apunta al progreso así entendido. Por eso, la última relación que queremos señalar es la que existe entre cambio e innovación. El cambio será innovador cuando aliente nuevas realidades, y no lo será cuando sólo quiera restaurar situaciones ya superadas.
Para el que aprecia lo estatuido ya encontramos la palabra: es el conservador. El que reacciona ante la innovación, también, es el reaccionario. ¿Cuál es la denominación que correspondería al que se opone a que la sociedad conserve sus avances o progrese y, por el contrario, aspira a que mañana se viva peor que hoy?
Tener muchas palabras para decir lo mismo puede ser un problema. No tener ninguna, también. Para designar a aquellos que quieren retroceder en la historia apelamos a palabras quizás aproximadas, pero a todas luces inexactas: fascista, neoliberal, mal nacido, loco, enemigo de la humanidad, imbécil y otras. ¿Retrógrado?
Todo eso se puso de manifiesto en Argentina con el debate parlamentario sobre la reforma laboral impulsada por el FMI y el actual gobierno. Los sectores políticos con más compromiso con las mayorías sociales adoptaron una posición conservadora, considerando que la legislación existente es mucho mejor que la propuesta. Los que impulsaron el proyecto no son innovadores, sólo desean retrotraer los derechos de los trabajadores a lo que acontecía cien años atrás.
Quizás un nuevo mundo también necesite de un nuevo diccionario.
Febrero de 2026. emiliopauselli@gmail.com