Desde antiguo los seres humanos han sospechado que el mundo contaría con un alma. Esta sería la responsable de mantener la unidad de todo lo existente y dar forma al universo. Sobre la manera en que lo haría no fueron unánimes las opiniones.
Algunos creían que dicha alma mantenía unido a lo Mismo y lo Otro, lo que constituía una explicación mítica-filosófica de la sorprendente relación entre la identidad y la diferencia. Otros pensaban que el alma del mundo envolvía el cuerpo del mundo, haciendo de cada microcosmos un macrocosmos. También se ha considerado al mundo como un organismo, no existiría diferencia entre el cuerpo y el alma del mundo, sin faltar los que han considerado que el alma del mundo se identificaría con la razón, aunque con una idea de razón que excede en varios aspectos la de razón humana.
Pero entenderíamos mal este asunto si lo redujéramos a discusiones que mantuvieron los antiguos. La idea de alma del mundo ha recorrido toda la historia del pensamiento y llegado hasta nuestros días. Para algunos el alma del mundo es Dios, para otros es el Big Bang; ambos se escriben con mayúsculas y cumplen exactamente la misma función: garantizar la existencia del universo. Hasta el nuevo líder religioso de la Iglesia católica, el Papa León XIV, invoca en su última encíclica “la asistencia del Espíritu de sabiduría, que habita en el mundo desde su creación”.
Sin embargo, hoy se abre paso una nueva inspiración, donde el alma del mundo ya no tendría que ver con el universo sino con un evento particular producido dentro de él, como es la denominada “inteligencia artificial”, de reciente aparición en el horizonte de la existencia y capaz de reemplazar a aquella en su función ordenadora.
Este ingenioso dispositivo, que permite acumular información de manera antes desconocida para la humanidad, da respuestas a múltiples inquietudes de los actuales seres humanos, realiza por ellos distintos tipos de acciones, tanto productivas como militares, y hasta hay quienes consideran posible que defina las políticas que debe llevar adelante un gobierno.
Claro que a primera vista esta pretensión puede resultar exagerada, desde el momento en que la IA depende de lo que los seres humanos programen en ella, necesita de un soporte material tan frágil como son las computadoras y debe contar con electricidad u otras fuentes de energía para funcionar. El mundo se enfrentaría al inmenso riesgo de quedarse sin alma en cualquier momento.
Pero a este problema inicial se le suma otro mucho más decisivo: esta alma del mundo no es en realidad del mundo, es propiedad de unas pocas personas que detentan el derecho de propiedad sobre estas tecnologías y, por lo tanto, pueden usarlas y las usan para defender sus propios intereses y no los del mundo.
Algunos agregan a estas prevenciones la posibilidad de que los algoritmos incluyan sesgos discriminatorios, den por verdaderas afirmaciones falsas y afecten de manera decisiva la privacidad, permitiendo a sus dueños privados arrasar con la propiedad privada intelectual del resto de la humanidad.
Pero, aunque pueda parecer una comparación imposible, aquella alma del mundo de los antiguos y sus expresiones modernas tienen algo en común con el papel que se le asigna a la IA en la actualidad: es una manera de hacer desaparecer las responsabilidades de los seres humanos sobre su destino.
Lo dijo Dios, lo dijo la naturaleza, lo dijo la inteligencia artificial: nosotros no tenemos nada que ver.
Junio de 2026. emiliopauselli@gmail.com