La segunda vuelta de la elección presidencial en Colombia ha contrariado todas las estadísticas que daban como cómodo ganador al candidato de la extrema derecha, alineado con Trump y otros mandatarios latinoamericanos dispuestos a transformar a nuestros países en nuevas colonias, ya no de España sino de EE.UU.
En vez de eso, la diferencia a su favor fue de menos del 1 %. Muchos analistas consideran que si la campaña electoral se hubiera extendido por unos días más el candidato de Pacto Histórico hubiera triunfado en esas elecciones.
¿Cómo se logra que una mayoría social, aunque escasa, apoye propuestas políticas que a todas luces serán perniciosas para esa misma sociedad? Ya sucedió en Argentina, Chile y Bolivia, que luego de votar opciones similares ven cómo crecen la desocupación y la pobreza, se entregan los recursos naturales a manos extranjeras, se institucionaliza la corrupción y aumenta la deuda externa del país.
Esta llamativa realidad se basa en dos pilares: un método y un mensaje. El método es novedoso y explota las posibilidades que proporciona la tecnología de manejo de datos, cuyos dueños son los primeros beneficiarios de que esos personajes gobiernen nuestros países. Ya no hace falta reunirse a debatir ideas ni leer diarios ni informarse de lo que ocurre: con solo consultar nuestro celular, encontraremos allí todo lo que necesitamos saber. Claro que esa información es el resultado digerido de toda la información que, sobre nuestros miedos y nuestras creencias, ya hemos proporcionado a esos “dueños del mundo” a través de ese mismo aparato. Así, las redes nos confirmarán aquello que mejor se adapta a nuestros deseos, que se verán cumplidos, claro, si votamos a su candidato.
El mensaje, a su vez, es el mismo en todas partes y ha demostrado una gran eficacia: los problemas que sufrimos no se deben a la desigualdad social ni a la cultura del privilegio que imperan desde la colonia, sino a los políticos corruptos que, llamativamente, son siempre los que proponen algo –más eficaz o menos eficaz– para disminuir esa desigualdad y esos privilegios. La solución propuesta por esta derecha tiene el encanto de la sencillez: todo se soluciona eliminando el déficit fiscal, o sea, reduciendo los gastos en educación, salud o previsión social, creando la ilusión que de esa manera pagaremos menos impuestos y se favorecerá la inversión. Es una variante adaptada de la teoría del derrame: cuanto más ricos sean los ricos, tendremos una mejor sociedad.
Sin embargo, método y mensaje solos no alcanzan a explicar que una parte importante de nuestras sociedades apoye esas propuestas, que siempre nos devuelven países más pobres, más endeudados y con un aumentado sufrimiento humano. Nada de eso sería efectivo si no hubieran aprendido a explotar el odio como base de la toma de decisiones.
Método y mensaje se orientan, entonces, a señalar a quién hay que odiar. Puede ser el socialismo en España o la izquierda en Colombia o el peronismo en Argentina; una vez determinado a quien odiar, la operación se facilita en gran medida: hay que votar al que se enfrente a “los odiables”.
Las derrotas, mientras sean derrotas electorales, parecen ser reversibles, como ha demostrado Brasil luego de las maniobras –cárcel para Lula incluida– que llevó a la presidencia a la derecha en ese país. Lo que parece una derrota más difícil de revertir es cuando la estrategia del odio se contagia al campo popular, porque entonces nos quedamos sin alternativas. Ya pasó en Bolivia, donde la sociedad tuvo que optar en una segunda vuelta entre dos opciones de derecha. Corremos el riesgo de repetir esa experiencia en Argentina, donde a dos años y medio de una calamitosa presidencia de la derecha aún no se ha logrado organizar una propuesta política para hacerle frente.
Por el contrario, en Colombia, el Pacto Histórico, en la elección con mayor participación ciudadana, a pesar de los millones de dólares invertidos por el imperio tecnológico para confundir a los colombianos, logró la adhesión de la mitad de los votantes, tiene una fuerte presencia legislativa y, lo más importante, le dice a la sociedad colombiana que no pierda las esperanzas, que otra Colombia es posible.
Junio de 2026. emiliopauselli@gmail.com