La Argentina en la máquina del tiempo

En Argentina, como consecuencia de los resultados electorales de 2023 que han llevado a la presidencia a un representante de la ultraderecha, comienza un experimento social y político cuyos resultados finales son y no son fáciles de prever.

Son fáciles de prever sus consecuencias económicas, ya que ha habido intentos similares en 1976, 1989 y 2015, con resultados desastrosos para el país. Sus principales rasgos han sido el retroceso de la industria y del empleo, la transferencia de ingresos desde toda la sociedad hacia los grupos económicos más concentrados y el endeudamiento externo desenfrenado orientado a obtener divisas que financien la especulación financiera que tal modelo incluye.

Las consecuencias políticas no son tan fáciles de adivinar, ya que este nuevo intento se construye sobre una versión de la historia de una precariedad manifiesta, donde todos los supuestos en que se basa son, sencillamente, falsos.

El presidente electo propone volver a la Argentina del siglo XIX ya que, en su opinión, las políticas liberales llevadas adelante desde 1860 habrían transformado a la Argentina en la primera potencia mundial de esa época.

Además de la falsedad de esta última afirmación -que cualquiera puede comprobar leyendo un libro de historia-, la propuesta es volver a un país en el que, según el primer censo nacional de 1869, habitaban 1.800.000 personas, a diferencia de los casi 46 millones que la habitamos en la actualidad.

A su vez, la inserción de la Argentina en el mundo del siglo XIX era la de un proveedor de materias primas a los centros mundiales que, ellos sí, después de la revolución industrial y la consolidación del sistema colonial, eran las principales potencias mundiales que nos vendían todos los productos elaborados.

Y, finalmente, la prosperidad que ese modelo de producción primaria habría significado para la Argentina no incluía, claro está, a su población. Ésta, en ese mítico siglo XIX, se desangró en guerras civiles donde las distintas oligarquías locales se disputaban el control del puerto de Buenos Aires y la apropiación de los beneficios de ese modelo de producción primaria para exportar a las metrópolis.

Pero, a pesar de los deseos del presidente electo de la Argentina, no parece posible volver doscientos años en una máquina social del tiempo. Algo de conciencia hay de ello, ya que en su primer discurso reconoció que muchos se van a resistir a ese regreso, pero su promesa es que los cambios se implementarán igual drásticamente controlando “a los violentos”. Tales violentos no son difíciles de identificar, serán los desempleados que ese modelo genere, los trabajadores que descubran que la dolarización no consistía en que ellos cobren sus salarios en dólares, los jubilados que vean desintegrarse el poder adquisitivo de sus ingresos, los estudiantes que se encuentren ante la desaparición de la enseñanza pública y gratuita, los enfermos crónicos o agudos que ya no cuenten con un Estado que los ayude a enfrentar sus condiciones no elegidas de vida.

Una de las consecuencias previsibles del proyecto en ciernes es el regreso de la violencia política en la Argentina organizada desde el propio Estado. No es casual que la fuerza triunfante revindique a la dictadura genocida que gobernó el país entre 1976 y 1983, primer intento a escala de aplicar estas mismas ideas.

Hay quienes confían en que las actuales instituciones impedirán tan sombrío derrotero, pero no es seguro que así suceda. En el último intento de aplicar estas ideas, llevado a cabo entre 2015 y 2019, esas mismas instituciones se prestaron a aprobar leyes, disimular ilegalidades y perseguir a los opositores.

Pero el experimento social que inicia en Argentina no tiene un interés exclusivamente local, no sólo porque afecte a bloques regionales o porque no registre la existencia de un mundo multipolar, sino porque aparece rodeado de una mística redentora que en la historia humana ha dado lugar a las peores experiencias. El “cielo” es el que impulsa todo este proyecto y el presidente electo dice de sí mismo que es “el primer presidente liberal y libertario en la historia de la humanidad”.

Y la idea de “la Argentina potencia” no tiene nada de nuevo: la han enarbolado todos los gobiernos dictatoriales del siglo XX. El glorioso destino de potencia que tendrían los argentinos es similar al destino glorioso que acompañaba a la raza aria hace menos de cien años en el centro de Europa.

El plato que sostenía un proyecto de argentina solidaria se cayó y está roto. La pregunta es si vale la pena pegarlo o hay que comenzar a construir uno nuevo.

Noviembre de 2023. emiliopauselli@gmail.com

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