El sueño de la Ilustración

Un señor alemán escribió, hace 240 años, que el ser humano podría salir de su minoría de edad con sólo usar su inteligencia para comprender las cosas de la vida y decidir en consecuencia. El creía, hasta ahora equivocadamente, que ese era el destino luminoso de la especie.

“La minoría de edad”, explicaba, “estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro”. ¿Será posible que dos siglos y medio después y con el acceso que tenemos a la información, aún haya personas que no utilicen su propia inteligencia como guía para tomar sus decisiones?

Parece lejana la sociedad que aquél describía, no sin reproche: “¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo. Con sólo poder pagar, no tengo necesidad de pensar: otro tomará mi puesto en tan fastidiosa tarea”.

Y, definitivamente, otro lo ha tomado. Hoy ya no necesitamos ni del doctor ni del cura ni del libro: la internet y las redes sociales se ocupan de decirnos lo que debemos hacer, sin que necesitemos ninguna comprobación práctica de los mensajes que allí circulan. Si la voz del GPS me indica, casi siempre a través de la voz de una mujer que podría ser nuestra madre, el camino correcto ¿por qué desconfiar de otras indicaciones que me llegan a través del mismo aparato?

Por suerte ha quedado en el pasado la trabajosa tarea de comprobar cómo es el mundo, la que, por lo general, insumía mucho esfuerzo y, sobre todo, la necesidad de verificarlo con otros que, ¡oh, diablos!, en ocasiones hasta podrían pensar distinto que nosotros y tener razón. Ya no necesitamos ponernos de acuerdo con nadie, elegimos del menú de verdades que se nos ofrece aquella que más coincide con nuestras creencias. Y si la tierra es plana, ¡qué se le va a hacer!, mal día para todos los que opinan lo contrario.

El problema se agrava porque también el doctor y el cura consultan en internet, y de acuerdo a lo que de allí eligen nos indican si debemos vacunarnos o no, si es correcto el matrimonio entre personas del mismo sexo o si podemos interrumpir un embarazo no deseado. Ni los libros se salvan: éstos, cada vez más, incluyen como fuente de autoridad páginas web sobre cuya veracidad no podemos ejercer ningún control y que pueden ser modificadas o dejar de existir en cualquier momento.

Hemos ganado en comodidad, eso no se puede negar. Aparentemente todo está a nuestro alcance: el individuo, finalmente liberado de dudosos maestros y oprobiosas estructuras sociales, puede hacer lo que quiera.

Pero ¿coincide esto con nuestra época? ¿Hacemos realmente lo que queremos? Parece, más bien, que en las últimas décadas nuestras posibilidades de acción se ven cada vez más restringidas. La mitad de la población mundial tiene dificultades de acceso al trabajo o, según la definición de la OIT, accede sólo a trabajos indecentes. Más de mil millones de seres humanos viven en la pobreza extrema. Según la mayoría de los estudios, el cambio climático empeoraría las condiciones para la vida de la especie en el planeta.

Pareciera como una extraña compensación: cuando más limitados estamos, más independientes nos sentimos. Como en la película No mires arriba, podríamos decir: “¡No mires fuera de tu teléfono!”. Si lo haces, te verás inmerso en una realidad compleja que no parece modificarse sólo con tuits y likes. El amor no nace de los crush y los match. La promesa del individualismo extremo parece ser falsa y para mejorar la vida social algo deberíamos hacer junto con los demás. Eso, claro está, es mucho más difícil que proponer, descalificar, apoyar o insultar desde la impunidad que ofrece un teclado.

Parece que el problema no es el progreso ni la tecnología: es algo más profundo de la condición humana que oscila, razonablemente, entre la demanda de independencia (para reconocer mi deseo) y la búsqueda de protección (para realizar mi deseo). La tecnología para acceder a esa especie de comunicación aparentemente universal, que se nos ofrece sospechosamente de manera casi gratuita, nos permite hablar de nuestros deseos, pero no parece suficiente para poder realizarlos.

Pero ésta, nos guste o no, es nuestra sociedad: por un lado, individuos superpoderosos que mostramos a los cuatro vientos lo que pensamos, y, por el otro, una sociedad impotente para modificar aquellas cosas que nos hacen daño.

Quizás, mientras intentamos alguna solución, nos encontremos en la esquina con los hombres sabios y podamos cantar con Dolina El triunfo de la ignorancia: “Conviene en esta vida ser ilustrado… La capital de Suiza es Stalingrado… ¡qué digo, me he equivocado!”.

Diciembre de 2023. emiliopauselli@gmail.com

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