La Argentina acaba de iniciar un nuevo ciclo político de signo opuesto al anterior. Asistiremos, así, a un cambio de orientación profundo de las políticas públicas, como viene ocurriendo en los últimos años: cuatro años gobierna una opción y fracasa económicamente, a los cuatro siguientes, se impone el otro enfoque y fracasa también. Se vuelve al primero con el mismo penoso resultado y se retorna al alternativo esperando un milagro. No otra cosa fueron el último gobierno de Cristina Fernández y los siguientes de Mauricio Macri, Alberto Fernández y, ahora, Javier Milei.
Lo llamativo de esta situación es que ninguna de las fuerzas involucradas expresa voluntad de revisar ni sus prácticas ni las creencias en que éstas se asientan. Más bien basan su acción en una serie de dogmas, a semejanza de las religiones, que adquieren consistencia en sí mismos, con un desprecio absoluto por la realidad.
Claro que es la sociedad argentina la que sufre esta falta de creatividad, y de comprensión del mundo en el que vivimos, por parte de esas elites dirigenciales. Vamos a intentar dar una versión reducida de lo que aquí ocurre, que, por otra parte, no es muy distinto a lo que sucede en otros lugares del mundo.
Los que se agrupan alrededor del peronismo, en general corrientes de orientación económica desarrollista, proponen, para salvar la brecha entre ingresos y egresos públicos, producir más y vender al mundo con valor agregado. Si gasto 120 y me ingresan 100, debo obtener de alguna manera los 20 que me faltan.
Las nuevas derechas, de orientación económica en general neoliberal, razonan de manera diferente: si gasto 120 y me ingresan 100, debo gastar 20 menos. Es como si en una familia donde no alcanzan los ingresos, en vez de salir a buscar un nuevo trabajo, se obligara a los hijos a comer menos de lo que necesitan.
En el primer caso, se trata de fuerzas políticas surgidas a mediados del siglo XX al calor de la sustitución de importaciones. Su experiencia histórica les demuestra que el desarrollo de la industria es la base de la ocupación y la integración social, y fueron pioneras en la creación de los Estados de bienestar que se generalizaron después de la llamada Segunda Guerra Mundial.
En el segundo caso, se trata de corrientes políticas mucho más antiguas cuyas raíces se encuentran en el propio dominio colonial ejercido por España. Su historia económica los relaciona con el contrabando, la exportación de productos primarios y el endeudamiento externo del país, iniciado en 1824 con el Empréstito Baring.
Claro que los primeros desconocen, o quieren desconocer, las transformaciones operadas en el mundo del trabajo a partir de la incorporación generalizada de la automatización, la aplicación de la cibernética y el desarrollo de la inteligencia artificial. La capacidad integradora del trabajo sigue disminuyendo dramáticamente a la par del hundimiento del sistema salarial. Las medidas que toman para impulsar el consumo derivan en la mejora para segmentos parciales de la sociedad: empresas y parte de los trabajadores sindicalizados. El resto ve disminuir su calidad de vida y queda a expensas de las promesas mesiánicas que, desde siempre, han introducido variantes autoritarias en diversos lugares del mundo.
Los segundos siguen aferrados a idearios del siglo XIX, como lo ha expresado en diversas oportunidades el nuevo presidente de la Argentina, sin registrar que ese mundo ha desaparecido y, lo que es más trágico, sin asumir que sus modelos, los por ellos llamados países libres y desarrollados, no aplican ninguna de sus recetas anti estatistas ni de apertura irrestricta de los mercados. La reducción drástica del consumo y del empleo disminuyen los ingresos y agrava el problema que se quiere solucionar: cada vez se gasta menos, pero también ingresa menos.
Los primeros, a partir de su creencia de que es posible que todos mejoren su calidad de vida, cuando gobiernan aceptan la protesta social como legítima y parte de la vida democrática. Los segundos, por el contrario, identifican la protesta social como una traba al libre mercado y proponen su represión.
Claro que iniciar nuevamente caminos fracasados tendrá costos altos. En los noventa del siglo pasado, un presidente de la misma orientación que el que acaba de asumir, repetía: “Estamos mal. pero vamos bien”; luego de sus ocho años de gobierno quedó claro que seguíamos mal y estábamos peor. Su antecesor ideológico más inmediato, hace ocho años, creía ver “la luz al final del túnel”; en realidad, se trataba del tren de la deuda que nos arrollaría.
Quizás, tomando nota de esas experiencias, el actual presidente dice sin eufemismos que la sociedad la pasará muy mal y que aplicará toda la violencia del Estado contra quienes se opongan a sus medidas.
“Se nos acusa de dar al pueblo palos y hambre”, decía un humorista hace varios años parodiando a un imaginario presidente latinoamericano, “eso es injusto”, remataba su sketch, “nosotros sólo nos comprometemos a dar palos”.
No es broma. Eso estaría bien en línea con el pensamiento neoliberal: el hambre, amigo, amiga, es cosa de cada uno… el Estado no tiene por qué meterse con eso.
Diciembre de 2023. emiliopauselli@gmail.com