La modernidad europea—con antecedentes americanos— se estableció, entre otras cosas, en contra del discurso religioso que dominaba el pensamiento en esa época. Los Galileos eran perseguidos por los Bellarminos por afirmar que la tierra era redonda y la Inquisición, llamada Santa, condenaba todo intento de pensamiento que se apartara de lo establecido.
Ese enfrentamiento tomó a veces la forma de la lucha de la razón contra la superstición, otras veces la del enfrentamiento de la ciencia con la religión, otras la de la libertad de pensamiento contra el oscurantismo. En todos los casos se privilegiaba mostrar la realidad, aunque ésta no confirmara que la tierra era el centro del universo.
Aunque aquel siglo XVI parezca lejano, esa lucha no ha terminado. Los dos primeros discursos de las autoridades del nuevo gobierno argentino así lo confirman. La primera pieza la mostró el nuevo presidente afirmando que la Argentina vive un baño de sangre debido a las muertes producidas en ocasión de robo (en realidad este índice se encuentra entre los más bajos de la región) o los 15 mil muertos por año en accidentes viales (en realidad son 3.800) porque sólo el 16 % de las rutas se encuentran asfaltadas (lo está el 91 % de las rutas nacionales y el 25 % de las provinciales).
Le siguió, en espejo, el ministro de Economía, quien atribuye la inflación, la pobreza y todos los problemas sociales y económicos al déficit fiscal, ignorando artificialmente que los países que dicen admirar tienen déficits fiscales elevados, como Estados Unidos, Japón o todos los países de la Unión Europea, a excepción de Dinamarca y Luxemburgo. Quizás el problema sea un tanto más complejo y el latiguillo de que “no se puede gastar más de lo que ingresa”, que de aplicarse desmoronaría en un instante todo el sistema financiero, sea sólo una cortina de humo para que no se vea lo que realmente se está buscando con el presente ajuste.
El catastrofismo no es nuevo como estrategia política. Busca lograr que la sociedad, considerando verdaderas todas esas afirmaciones, esté dispuesta a tolerar medidas que empeoren notoriamente sus condiciones de vida pero que estarían justificadas por ese cuadro artificialmente creado.
Claro que lo que completa esa descripción de la “catástrofe” es la necesidad de implementar duras pero “inevitables medidas correctivas”, todo ello a cuenta del futuro venturoso que nos esperará al final de todos esos sacrificios. Esto, vale decir, tampoco es original. Ya en junio de 1959 un ministro de economía, llamado Álvaro Alsogaray, terminaba su discurso donde anunciaba duros ajustes que perjudicarían a la mayoría de la población con una famosa frase: “Hay que pasar el invierno”. Desde aquel discurso, varias generaciones de argentinos siguen esperando que llegue la primavera.
Resulta evidente que el valor del discurso, en estos casos, no es su concordancia con la realidad, sino el efecto que logra sobre el ánimo de la población. Lo que se busca no es esclarecer, ni siquiera adoctrinar, sólo se quiere lograr consenso para medidas antipopulares que crearán desempleo, baja del poder adquisitivo de salarios y jubilaciones, pérdidas al patrimonio nacional, quiebra de empresas vinculadas al mercado interno, sin lograr ninguno de los efectos que prometen.
Pero, a pesar de todo, la tierra es redonda. Los nuevos terraplanistas ya no amenazan con la hoguera sino con balas, bastonazos y cárcel a los que se atrevan a expresar un punto de vista distinto al considerado “verdadero”, aunque ninguna prueba pueda aportarse en su favor.
Lo que ocurre en nuestro sistema planetario es mucho más sencillo. El gobierno saliente se debatió sin éxito tratando de encauzar la puja distributiva entre los distintos actores económicos. Su fracaso, expresado principalmente en la inflación permanente de los precios, fue, probablemente, una de las causas que llevó al anterior oficialismo a perder las elecciones presidenciales. El programa del actual gobierno cree que pondrá fin a esa puja definiéndola a favor de los ricos, las empresas concentradas y el capital financiero.
Economistas de muy distinto signo político advierten que las medidas propuestas no darán los resultados esperados y que, por el contrario, agravarán todos los problemas que dicen querer resolver; pero quizás no han prestado suficiente atención a lo que complementa esta arriesgada estrategia: como repiten una y otra vez las nuevas autoridades, “con la ayuda del cielo” todo saldrá bien.
Vaya que la necesitamos en este momento. No podemos contar con la ventaja de tener un Papa argentino ya que, como denunció el actual presidente, es “el representante del maligno en la tierra”. Quizás por eso se han puesto de moda las ceremonias interreligiosas, a ver si de una vez por todas se produce el milagro de que, haciendo cada vez más ricos a los ya ricos, mejore la situación de todos (¿?).
Diciembre de 2023. emiliopauselli@gmail.com