Antipolítica

El prefijo anti, en español, significa oposición. Antiestético se refiere a objetos que no son bellos, antihistamínico a sustancias que impiden el desarrollo de la histamina, lo antipatriótico se opone al bien de la patria, los antiparasitarios impiden el crecimiento de los parásitos, antipedagógico significa contrario a los preceptos de la pedagogía y así de seguido.

Pero, mientras que en todos estos casos se trata de oposiciones reales, el uso que se hace de ese prefijo para oponerse a “la política” no presenta un significado tan transparente. Esto no sólo obedece a las motivaciones de quienes dicen oponerse a la política, sino que presenta un problema anterior que es qué se define como política.

La primera tentación es responder que “la política” es aquello que hacen los políticos, lo que solo desdobla la pregunta inicial en: ¿quiénes son los políticos? y ¿qué hacen los políticos? Podemos responder a la primera diciendo que los políticos son aquellos elegidos por la sociedad, o designados por los que han sido elegidos, para ejercer funciones de gobierno.

Las funciones de gobierno, y esto ya responde a la segunda pregunta sobre qué hacen los políticos, pueden consistir en legislar, en ejecutar políticas acordes con las leyes o designar jueces que aseguren el cumplimiento de aquellas, esto último en los casos en que esos jueces no sean también elegidos por el voto.

Por lo tanto, cualquiera que aspire a ocupar cargos públicos no puede estar en contra de “la política”, porque ésta es la única que dará legitimidad a sus aspiraciones. No se puede ser legislador y estar en contra de la política, ya que sin ésta desaparece el propio cargo que ocupa. No se puede ser presidente o ministro y estar en contra de la política, porque desaparecería en ese mismo momento cualquier fundamento de sus prerrogativas.

Muchos líderes de ultraderecha en el mundo despotrican contra los políticos. Para ellos los políticos son una casta, son corruptos, son la causa de la decadencia de las naciones y para eso se proponen, justamente, ellos mismos, para ocupar los cargos políticos. Estos impolutos seres, venidos en general del poco impoluto mundo de las empresas o los bancos, se transforman así en políticos.

Una vez que lo son, se podría predicar de ellos lo que ellos mismos dicen de “los políticos”. Podrían ser potencialmente una casta, corruptos o la causa del declive de las naciones, como muchas veces efectivamente lo son.

En el caso de esos representantes de la ultraderecha, hablar mal de los políticos es solo una estratagema para lograr instalarse en la política, alcanzar cargos y desde ellos llevar adelante sus programas. El viejo truco de presentarse a la sociedad como alguien nuevo, que nunca estuvo en “la política”, aún da resultados, aunque no resista un análisis más minucioso si se tiene en cuenta con quiénes se rodean y los recursos de que se valen para alcanzar sus objetivos. 

Lo que no se entiende es por qué una parte del arco político acusa a estos personajes de representar la antipolítica. Antipolítica sería negar la existencia de las leyes, de los legisladores, de los jueces y, en general, de los representantes de una sociedad.

En verdad, los denominados antipolíticos son políticos cuyos proyectos consisten en apoyar a los grupos económicos concentrados a expensas de los ingresos de la sociedad. Y para ello no dudan, como demuestra la experiencia argentina de estos días, en corromper legisladores, designar jueces parciales y hacer uso de todas las artimañas que criticaban de “la política”.

¿Quién puede estar en contra de que los políticos no deben ser corruptos o de que los jueces no deben ser venales? Estar en contra de esas prácticas no significa estar en contra de la política, significa propender a una mejora de las condiciones en las que se desenvuelve la actividad política. Representaría el ideal de que no haya que pagar extra a un legislador para que vote a favor, en contra o no concurra a dar quorum. O que un juez no sea el niño mimado de los grandes grupos económicos que lo llevan gratis a la mansión que Joe Lewis posee en Lago Escondido.

Dejar de confundir las políticas de la derecha con la antipolítica sería, quizás, una ayuda a que la sociedad pueda diferenciar el cómo deben hacerse las cosas de las cosas que deben hacerse. Que los que se identifican con algo llamado “movimiento nacional y popular” no sean los primeros críticos de la corrupción y no encaren acciones decisivas para erradicarla de sus propias filas contribuye, quizás sin quererlo, a que el argumento en contra de “los políticos” pueda mantener una alta eficiencia a través del tiempo.

En el 2025 habrá en la Argentina elecciones legislativas. Será una oportunidad para lograr que a los Kueider –legislador expulsado del Senado luego de ser detenido en Paraguay tratando de ingresar divisas ilegalmente– no les sea tan fácil integrar esas listas.

Enero de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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