La sociedad dormida

Por estos días se escucha, en especial en ámbitos del progresismo, la metáfora de que la sociedad argentina se encontraría “dormida”. No de otra manera se explicaría que las encuestas sigan dando una imagen positiva para un presidente y su fuerza política que niega los crímenes de lesa humanidad, se esfuerza por hacer desaparecer los derechos laborales, se opone a la agenda de protección del ambiente por considerarla “comunista”, impulsa medidas económicas que generan miles de despidos tanto en el sector público como en el privado, reduce a la miseria y la indigencia a millones de ancianos y aprueba legislación que permite la entrega de los recursos naturales del país a grandes grupos extranjeros sin ninguna clase de ventajas para el pueblo argentino.

A su vez, desde el gobierno de ultraderecha se ha acuñado la frase “no la ven” para referirse a aquellos que dudan o se oponen al curso de las actuales acciones de gobierno. Es otra forma de decir que alguna parte de la sociedad no está despierta.

La diferencia entre el sueño y el estado de vigilia ha sido un tema predilecto de la modernidad occidental. Es un soñador, se dice de manera condescendiente de aquel al que se considera poco realista. Descartes fue taxativo a la hora de calificar a las personas que no pueden diferenciar el sueño de la vigilia: están locos, categoría destituyente tanto de la racionalidad como de la ciudadanía.

Pero, para el mismo rato en que el francés “soñaba” con la verdad encerrada en la matemática y garantizada por Dios, un español hacía dudar a Segismundo sobre si la realidad era la de la torre donde estaba encadenado o la del palacio donde lo trataban como al príncipe heredero. Los que hayan disfrutado de la lectura de La vida es sueño saben ya que, tanto en la torre como en el palacio, el príncipe estaba despierto, aunque despierto a distintas cosas.

Quizás lo mismo pase con la sociedad argentina. Tan despierta como para haber visto el contraste entre jueces, políticos y sindicalistas inmensamente ricos, juzgando, legislando o representando a una sociedad cada vez más empobrecida. Lo suficientemente atenta para percibir que después de la crisis financiera mundial del 2008 las elites argentinas no lograron imaginar nuevas estrategias para evitar el descenso social de importantes segmentos de la población. Tan despabilada como para registrar que de ese vistoso mundo de consumo y derechos pregonado una parte creciente de los ciudadanos quedaba afuera.

La parte de la sociedad que “no la ve” observa con atención los actuales juegos financieros que siempre han terminado de manera desastrosa para el país, con destrucción de su capacidad productiva y nuevos niveles de pobreza; ve también cómo los partidos políticos tradicionales siguen sin entender lo que ha pasado –y de lo que ellos son también responsables– y se deshilachan en disputas internas sin nuevas ideas para proponerle a la sociedad.

Claro que para llevar al heredero de la torre al palacio y luego del palacio a la torre, había que darle opio. Toda la ingeniería del engaño puesta al servicio de la idea de que una vida mejor era sólo un sueño: su destino eran las cadenas. Pero el efecto del opio en algún momento se termina y las personas o las sociedades tienen que realizar sus evaluaciones, aunque a veces esas evaluaciones puedan ser parciales.

La diferencia entre sueño y vigilia tiene una dimensión cognitiva que responde a la pregunta ¿qué está pasando? Pero también tiene una dimensión existencial que responde al interrogante: ¿qué debería pasar? Esta última ya no se dirime en términos de verdad o falsedad, sino en términos de aceptable o inaceptable. El aumento o la disminución de las personas ocupadas caen debajo de la primera de estas dimensiones, la aceptabilidad moral o no del destino de miseria programado para millones de ancianos, bajo la segunda.

Mal que le pese a nuestra idea de vigilia y de racionalidad, probablemente las realidades siempre fueron el resultado de lo que la humanidad supo soñar con anticipación. Quizás lo que falte en el mundo actual no sean despertadores, sino nuevos sueños que reemplacen a las pesadillas.

Enero de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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