La sociedad humana puede ser, y ha sido, definida de distintas maneras. Esas divergencias no pueden ser resueltas por ningún estudio sociológico ni psicológico ni comunicacional. De hecho, esas disciplinas, como así también la economía o la ciencia política, están atravesadas por distintas teorías que explican de maneras diversas, y a veces hasta contradictorias, qué sería “la sociedad” y a cuáles reglas obedecería, por supuesto, en caso de tenerlas.
Desde su mismo nombre, la pregunta sobre la sociedad nos remite a algún tipo de organización comercial: sociedad anónima, sociedad de responsabilidad limitada, sociedad en comandita por acciones. No es casual que, en pleno despliegue de la revolución industrial y la creación de un mercado mundial, al amigo Comte se le haya ocurrido que existía una ciencia positiva llamada sociología que sería, a su entender, la principal de todas las ciencias.
Los griegos creían que los seres humanos vivían juntos porque de esa manera podían atender mejor a sus necesidades. Los romanos descubrieron en esa vida en común el vínculo de la libertad con la ley. Los cristianos demostraron la relación de la ley con el pecado. Como podrá ver, querido lector, apreciada lectora, la manera de pensar la convivencia humana ha variado y sigue variando a través de la historia.
La idea de que constituimos una “sociedad” también es un producto histórico. Ha sido necesario para su aparición que se consolide la ilusión de que el Estado es el resultado de un contrato y que se transforme la individuación en individualismo para hacer aparecer a sus firmantes.
Claro que esa operación ha dejado en segundo plano la evidencia de que el ser humano llega a transformarse en “individuo” sólo después de haber sido cuidado y alimentado durante muchos años por miembros adultos de la especie, de recibir graciosamente el lenguaje –que incluye el pensamiento– como un regalo y de participar en las características de la cultura de su época y lugar.
Una vez constituidos como sociedad ante el escribano de la historia sólo resta cumplir con los objetivos de toda sociedad: obtener beneficios. La idea de que la búsqueda del beneficio individual mejorará las condiciones de nuestra vida es el principio inmanente que, sin comprobación alguna, regula idealmente las relaciones entre los “socios” que constituiríamos las actuales constelaciones humanas. Nos evitamos así el rompedero de cabeza al que nos enfrentaríamos si nos pusiéramos a desentrañar la madeja existente entre el deseo personal y las necesidades colectivas.
Porque lo que me beneficia puede ser vender alcohol, estimular el consumo de drogas, exacerbar el vicio del juego, inducir inversiones financieras que dejen en la ruina a los depositantes, y así de seguido. Y cualquier control que la sociedad quiera ejercer sobre esas actividades es contradictoria con el principio fundamental de nuestra civilización, que es la búsqueda del beneficio personal. Eso transforma a las actuales agrupaciones humanas en cotos de caza de los más aventajados.
Cuando se pregunta a los cultores explícitos de estas ideas si no creen que muchas de esas actividades enferman y generan innumerables problemas sociales, éstos ponen en duda la corrección de nuestro planteo. Así como alguien, dirán, tiene la libertad de estimular el juego de azar, otro tiene la libertad de no jugar: cualquier regulación que atienda a la asimetría entre el “cazador” y su “víctima” es un atropello a la libertad individual.
En estos días, en Argentina, esa manera de considerar a la sociedad humana subió un nuevo escalón: el presidente de la república promovió y alentó la inversión en un fondo de criptomonedas que en pocas horas fue vaciado llevando el valor de lo invertido a cero. Cualquier interpretación que se haga lleva a conclusiones penosas. Si el presidente sabía de la estafa programada, lamentablemente la Argentina está gobernada por un estafador. Si no lo sabía, está gobernada por un inepto.
Pero eso, aunque doloroso para los argentinos, no es lo más relevante del caso. Lo relevante es que, en cualquiera de las dos interpretaciones, el principio de la búsqueda del beneficio individual como motor de la historia queda a salvo. Ya lo haya hecho para financiar su campaña electoral, ya por incapacidad para comprender los fenómenos financieros, no se le podrá atribuir ninguna responsabilidad: los inversores que perdieron su dinero eran libres, definitivamente, de no dejarse cazar.
Que los tuvieran en la mira es un detalle sin ninguna importancia.
Febrero de 2025. emiliopauselli@gmail.com