Se ha logrado instalar, en parte de la sociedad argentina, la idea de que el Estado es algo malo, hasta tal punto que una persona cuya intención declarada es “destruir el Estado” llega a la presidencia de la república.
Los orígenes de esta idea parecen tener que ver, por lo menos, con tres tipos de fenómenos. El primero de ellos, la prédica constante desde las empresas de medios masivos de comunicación en tal dirección. Se amplifican las declaraciones de quienes opinan de esa manera, silenciando las opiniones fundamentadas de los que opinan lo contrario. De esa forma, se termina asociando al Estado con un gasto innecesario que sólo fomenta favoritismos y corrupción
Se confunde, de manera intencionada, al que acepta dádivas, por ejemplo para votar las leyes que envía el actual gobierno al parlamento, o a los familiares de los gobernante de turno que con sueldos importantes ingresan al Estado, como ocurre en estos días, con los miles de maestros, profesores, médicos, empleados técnicos y administrativos que desde hace años concurren día a día a cumplir con sus tareas contratadas por el Estado.
La segunda de estas fuentes parece ser cierta ignorancia de una parte de la sociedad sobre las funciones que cumple el Estado. Se trasmite la imagen de un Estado donde nada de lo que se hace tiene valor. Por ejemplo, no se asigna ninguna importancia a sub ejecutar el presupuesto destinado a la prevención del fuego –gran éxito de la “motosierra”– y no se lo relaciona con la imposibilidad de controlar los incendios en la Patagonia que ya ha destruido parte significativa de la riqueza natural de esa zona del país que, dicho sea de paso, tiene mucho más valor que el dinero que se ha “ahorrado”.
Tampoco se justiprecia el papel del Estado en las tareas de investigación científica y desarrollo técnico, las que constituyen un componente esencial para una nación moderna que aspire a un futuro mejor para sus habitantes.
Un tercer elemento que contribuye a este descrédito es la defensa acrítica que hacen del Estado tal como lo conocemos muchos de los que comprenden la función que éste debe cumplir en una sociedad moderna.
La negativa a reconocer sus disfuncionalidades y la necesidad de su mejora permanente, de revisar los regímenes ineficaces de trabajo y de perfeccionarlos en orden al mejor cumplimiento de su misión, de la reubicación de sus recursos presupuestarios y humanos para brindar un mejor servicio a la comunidad, son todos elementos que convencen a parte de la sociedad sobre la imposibilidad de que el Estado brinde un servicio eficiente.
Pero estos tres componentes no serían suficientes para justificar la creencia de su inutilidad si no se insistiera en hacer pasar por verdaderas dos ideas completamente falsas: que las cosas que haría mal el Estado las hará bien la actividad privada y que en los países “desarrollados” el Estado no hace nada.
Los propios padres del capitalismo han comprendido que determinadas actividades las debe realizar el Estado ya que no constituyen actividades rentables para interesar a ningún capital, y, como son necesarias, eso es lo que hacen esos países que los detractores del Estado dicen admirar.
¿Y cómo se financiarán esas actividades? Muy sencillo, con la recaudación impositiva. No crea la anémica idea de que pagar impuestos es un robo que se ejerce violentamente. Por el contrario, es la manera en que todos contribuimos a vivir en una sociedad civilizada, donde la ayuda mutua reemplaza a la crueldad y la colaboración al “sálvese quien pueda”.
Febrero de 2025. emiliopauselli@gmail.com