Hay una relación estrecha entre los programas políticos y las personas que los llevan adelante. Dejando de lado los casos, llamativos pero frecuentes en la historia, donde los que han defendido un programa pasan a formar parte, como candidatos o funcionarios, de fuerzas políticas absolutamente opuestas, la relación entre personas y programas no deja de tener su complejidad.
No más mirar la América Latina de los últimos años para encontrar modelos diferentes de vincularse los unos con los otros. Para no ir más lejos, en Argentina dos liderazgos de derecha se disputan agriamente el control del poder político. Sus programas no son muy diferentes –de hecho, el que fue ministro de Finanzas durante la presidencia de Macri es el actual ministro de Economía de Milei–, sin embargo, las acciones destructivas entre ellos parecen no tener límites ni final.
Examinando un poco más a fondo, no cuesta mucho descubrir que, aun compartiendo el programa político, representan a distintos grupos de empresas y, sobre todo, de sectores de la economía. Mientras uno parece concentrar sus intereses en el control de las exportaciones, las vías navegables por donde se realizan y los medios de transporte y comunicación en general, el otro parece un representante genuino de la actividad financiera, los bancos y, más recientemente, de las cripto monedas que lo tiene investigado por presunta estafa.
Pero la divergencia de intereses no parece tan adecuada para explicar las crisis regulares en la relación entre programas y liderazgos en el campo del progresismo. Aceptando por definición que el progresismo impulsaría el aumento del bienestar en la sociedad sin favorecer en especial estos o aquellos negocios, faltaría la causa para que sus distintos referentes luchen entre sí al punto de autodestruirse.
Sin embargo, dos modelos muy distintos recorren nuestra geografía en los últimos años. Uno de ellos parece privilegiar los programas por sobre los liderazgos, y citamos como testigos de estos casos a Méjico y Uruguay. En el primer caso el partido MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional) y sus aliados lograron un traspaso virtuoso desde la presidencia de Andrés Manuel López Obrador a la de Claudia Sheinbaum Pardo. En el caso del Frente Amplio de Uruguay se han alternado en la presidencia de la república Tabaré Vázquez, José Mujica y, luego de una derrota electoral, actualmente Yamandú Orsi. En ambos países los nuevos líderes contaron con el apoyo de los anteriores, no por tratarse de situaciones exentas de conflictos, sino porque se encontraron los mecanismos para poner por delante la concreción de los programas políticos compartidos.
Los casos donde los liderazgos encarnan los programas son los de Bolivia y Argentina. En esos países importa tanto el programa como quien lo lleva a cabo: Evo Morales en Bolivia y Cristina Fernández en Argentina. No aparecen en ninguno de los dos casos sucesores legitimados para llevar adelante esas ideas y, en los casos de que algún dirigente del mismo espacio pueda proyectarse como nuevo líder, recibe una cerrada condena interna que, en algunos casos, llega hasta designarlo como “traidor”.
Esta última realidad se puede abordar desde la historia de los movimientos políticos a los que pertenecen y las prácticas que esa historia legitima, se puede pensar desde los perfiles políticos sobre el que han construido su trayectoria esos dirigentes, tampoco se puede descartar el efecto de la demanda de infalibilidad que una parte de sus seguidores les reclama a esos líderes, también sería legítimo una indagación sobre su personalidad, pero cualquiera de esas tareas excede nuestras capacidades y no se adaptan a la extensión de una página y media.
En todo caso, lo que sí podemos registrar son los resultados negativos que se producen cuando la lucha interna dentro del progresismo impide realizar una acción de gobierno coherente o presentar una propuesta consistente ante la sociedad.
En el caso argentino llama la atención que esta superposición entre liderazgo y programa se exprese en el espacio del peronismo, cuyo fundador formuló como una de las 20 verdades de ese movimiento político la que dice: “Primero la Patria, después el Movimiento y, por último, los hombres”.
Marzo de 2025. emiliopauselli@gmail.com