La Revolución Industrial masificó un tipo de trabajo: el trabajo asalariado. Desde el momento en que el trabajo humano pasó a ser un costo más de producción, como todo costo, la eficiencia y la competitividad tendieron a hacerlo disminuir. El maquinismo en el siglo XIX fue un gran paso en esa dirección y, en la actualidad, la aplicación de tecnología a gran escala lo transformó en una tendencia irreversible.
La disputa entre los hombres y las máquinas tomó diversas formas. Ya en 1812, en Inglaterra, y como respuesta al movimiento ludita, se sancionó con la pena de muerte a aquel que dañara alguna máquina. La Skynet se ponía en movimiento.
Pero no ha sido la única manera de minimizar ese factor de producción, o “recurso humano”: la otra manera de disminuir ese costo ha sido la duración de la jornada de trabajo. Es por eso por lo que la civilización surgida de aquella revolución ha tenido la disputa por la jornada laboral como uno de sus conflictos permanentes.
En el siglo XVIII, en Inglaterra, cuna de esa transformación planetaria, era habitual la jornada de 18 horas, inclusive para los niños. En el siglo XIX, comenzando por Francia, los reclamos obreros lograron la jornada de 12 horas para los adultos y de 10 horas para los niños. Recién durante el transcurso del siglo XX se conquistaron las 8 horas diarias de trabajo y se prohibió el trabajo infantil, conquista que en este siglo XXI es puesta nuevamente en cuestión.
Como ha ocurrido habitualmente en este modelo cultural, crecen a la par la falta de trabajo y la sobreocupación. Desde que comenzó a predominar el trabajo asalariado, el desempleo lo ha seguido como su sombra, como así también la presión para que las personas ocupadas trabajen más horas o a mayor ritmo. El único límite a esta tendencia siempre ha sido las demandas de los propios trabajadores a través de sus organizaciones sindicales y políticas.
Pero, y la pregunta surge espontáneamente, ¿por qué no se reparte el trabajo existente? Porque desorganizaría totalmente la producción, afirma nuestra lectora de todos los lunes. Efectivamente, completa el lector avisado, ¡imagínese! si ya es una complicación trabajar en tres turnos de ocho horas, lo que sería hacerlo en cuatro de seis o en seis de cuatro. Sería una romería de gente entrando y saliendo de los trabajos. Y ni se imagine lo que sería en el comercio, agrega la lectora, una gente trabajando a la mañana y otra a la tarde en el mismo negocio, nadie encontraría nada. ¿Y en los hospitales? ¿Cómo que el médico que me vio a la mañana ya se fue, si recién son las cinco de la tarde?
Bueno, todo tiene solución, menos la muerte, dice la sabiduría popular. Pero no es necesario morirse para descubrir el intríngulis de este problema. El propio mecanismo de esta cultura del valor es el que impide esta sana intención de distribuir el trabajo.
¿En qué se mide el trabajo humano? En horas, cualquiera sabe eso, dice el que sale para el trabajo. Por tanto, dice otra sentada en la máquina de coser, pegás tantas mangas, ganás tanta plata. Por riesgo, agrega un tercero, cuanto más riesgoso es el trabajo más te pagan, mientras un policía lo mira con incredulidad. Por responsabilidad, agrega la vecina que se asoma a la ventana, no es lo mismo barrer la vereda que operar un cerebro, mientras su vecino, el neurocirujano, se va pensando cabizbajo.
Pero todos están equivocados, ninguna de esas es la verdadera unidad de medida del trabajo. El cemento se mide por toneladas, el combustible por litros, y el trabajo… ¡por necesidades humanas! Por lo tanto, siempre es más barato pagar un humano, que pagar dos o que pagar tres, por más horas extras que haga el humano contratado o por más productiva que sea la máquina que supervisa. Por la misma razón no se puede contratar a dos y pagarle la mitad a cada uno, porque no se alcanzaría a cubrir la unidad de medida.
Por eso, la cultura del valor siempre va a ser inhumana. Por eso, mientras uno se desloma trabajando, y feliz de poder hacerlo, otro tiene “que cruzar los brazos cuando el hambre viene”. Chan, chan.
Julio de 2025. emiliopauselli@gmai.com