Siempre la guerra

A esta altura, ya habiendo transcurrido un cuarto del siglo XXI, hay dos cosas que quedan claras: la primera, que la humanidad no ha superado las guerras como medio de resolver sus conflictos. La segunda, que siempre es posible construir algún tipo de justificación para la guerra en curso.

La carta de las Naciones Unidas, escrita en 1945 con el horror aún fresco de la Segunda Guerra Mundial que costó decenas de millones de vidas, dice que sus firmantes están “resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles”. Está claro que no lo han logrado.

Casi ochenta años después podemos decir que a duras penas se ha logrado evitar –hasta ahora– una nueva conflagración mundial, ésta de carácter nuclear, pero no se pudo impedir un estado de beligerancia casi permanente en distintos lugares del planeta, constituyendo las guerras la segunda causa de muerte de los individuos de la especie humana.

Las causas de las guerras entre humanos han sido múltiples, desde creencias religiosas, diferencias culturales, construcción de carreras políticas, apetencia de recursos, cálculos geopolíticos, sometimiento de otros pueblos, captura de esclavos y tantas más.

Cada época tuvo sus guerras y sus causas; la nuestra también. Hoy el Santo Sepulcro ha sido reemplazado por una retórica gastada de defensa de la “democracia”, tal como la entienden los principales países occidentales que no dudan en apoyar procesos dictatoriales cuando sus intereses están en juego.

Pero, la pregunta que surge inmediatamente es: ¿los intereses de quién? Mucho tiempo se creyó que el predominio de la industria militar en los EE.UU. se debía a su papel en la creación de puestos de empleo. Si bien los encargos a contratistas con ese fin crean puestos de trabajo, ya hace años que distintos estudios económicos en el país del norte han demostrado que los mismos recursos aplicados a otras ramas de la economía, como la educación, la vivienda o la salud generarían mucho más empleo que aplicados a la fabricación de armamento.

Sin embargo, los intereses creados alrededor de la industria armamentista, que incluye investigación, experimentación y fabricación de armamento que es necesario vender, o sea utilizar, en alguna parte del mundo, viene consumiendo una parte creciente de los presupuestos públicos. La fabricación y venta de armas no tiene que ver, entonces, con la defensa de la democracia ni con los puestos de trabajo creados: tiene que ver con las fabulosas ganancias que produce.

Si bien es difícil saber con precisión el porcentaje del presupuesto nacional de EE.UU. que consume el Departamento de Defensa, ya que al decir de los propios organismos de control de ese país esos gastos no son posibles de auditar debido a graves problemas de gestión financiera en el Departamento de Defensa, distintas fuentes estiman que la afectación presupuestaria estaría entre el 25 y el 30 %, con una tendencia creciente en los últimos 20 años.

No es casual que otros países cuyo presupuesto militar ha sido históricamente mucho más bajo, como es el caso de China, hayan terminado por predominar económicamente sobre la otrora indiscutible primera potencia mundial.

Una respuesta inteligente por parte de EE.UU. y el resto de países de la OTAN podría ser imitar la conducta de aquellos que los han superado económicamente: reducir los presupuestos militares e invertir en ramas productivas que, por añadidura, traería más bienestar a sus ciudadanos. Pero, cuando de ganancias se trata los seres humanos no parecemos muy inteligentes. Hasta Europa imagina que una salida de su delicada situación económica podría ser construir su propio complejo militar industrial para dejar de comprarle armas a los EE.UU.

En fin, que una vez más, la única esperanza de futuro reside en la acción de los pueblos, como el valiente pueblo israelí que acusa a su gobierno de estar llevando a cabo un genocidio en la franja de Gaza, como las siempre creativas acciones por la paz que desde hace décadas lleva adelante el pueblo norteamericano, como el creciente reclamo de los pueblos europeos para el reconocimiento del Estado de Palestina.

Los pueblos quieren vivir en paz, los señores de la guerra quieren ganar dinero. No parece posible ser indiferentes en este rato de la historia.

Agosto de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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