Hace casi cien años…

… en una conferencia, John Maynard Keynes reflexionaba sobre el futuro económico con el que se encontrarían los nietos de sus contemporáneos. Su pronóstico era que el desarrollo de la automatización haría innecesario gran parte del trabajo humano. La acumulación de capital y el progreso técnico era la base de su pronóstico.

Claro que no tenía ninguna fantasía sobre los orígenes del capital ni lo atribuía a ningún mérito especial. Así, nos decía que “la era moderna se inició con la acumulación de capital que comenzó en el siglo XVI ocasionada por las remesas de oro y plata desde el Nuevo Mundo al Viejo Continente traídas por España”. Nada de esfuerzo laborioso, sólo saqueo y exterminio.

Tampoco mistificaba el origen de la posición dominante de su país en el mundo: “Creo que los comienzos de la inversión británica en el exterior se hallan en el tesoro que Drake robó a España en 1580. En aquel año regresó a Inglaterra, trayéndose con él el prodigioso botín del Golden Hind”. Nada de revolución industrial, piratería pura.

Ya con los avances técnicos existentes en 1930, Keynes pronosticaba el desempleo tecnológico: “Esto significa desempleo debido a nuestro descubrimiento de los medios para economizar el uso del factor trabajo sobrepasando el ritmo con que podemos encontrar nuevos empleos para el trabajo disponible”. Pero eso que se presentaría como un problema, en realidad sólo sería el anuncio de la resolución de los problemas económicos para el futuro.

Claro que, hasta llegar a ese momento, deberíamos seguir inmersos en esta cultura de saqueo y piratería. “¡Pero, cuidado!”, aclaraba nuestro autor, “Tiempo para todos no hay todavía. Por lo menos durante otros cien años debemos simular nosotros y todos los demás que lo justo es malo y lo malo es justo; porque lo malo es útil y lo justo no lo es. La avaricia y la usura y la precaución deben ser nuestros dioses todavía durante un poco más de tiempo, pues solamente ellos pueden sacarnos del túnel de la necesidad económica y llevarnos a la luz de la abundancia”.

Quizás esta proto teoría del derrame no contaba con el ahínco con que los piratas y los invasores iban a cuidar el aumento permanente de sus tesoros. Keynes creía que el cambio de cultura que produciría la abundancia –como la que tienen hoy nuestras sociedades, aunque distribuida de manera absolutamente desigual– iba a hacer que “el amor al dinero como posesión será reconocido por lo que es, una morbidez algo odiosa, una de esas propensiones semi delictivas, semi patológicas, de las que se encargan los especialistas en enfermedades mentales”. Lamentablemente no hay visos de que esa predicción se cumpla por ahora.

Por el contrario, el mundo se ve regido por una elite de tragones a los que siempre les parece poco el dinero que obtienen. Lo novedoso, en todo caso, es que ahora, para aumentar esas ya inconmensurables riquezas, se preste especial atención en limitar el consumo de los discapacitados, de los ancianos, de los demandantes de salud o de educación. Claro que la sociedad que de allí resulta sólo puede sostenerse ejerciendo un alto grado de violencia.

Hoy ya casi se ha olvidado, pero en una época se creía que la pobreza era culpa de los ricos, ahora muchos están convencidos de que la pobreza es culpa de los pobres. Aún muchos pobres creen que los responsables de su situación son los que son más pobres que ellos, y resultan seducidos por los que prometen aumentar esos niveles de violencia.

Trump, Netanyahu, Milei, son actores que interpretan esas promesas. La entrada al teatro es gratis, la esperanza radica en que el público deje de aplaudirlos.

Agosto de 2025. emiliopauselli@gmail.com 

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