… donde nunca pasa nada, reza el poema de Serrat. Como nos pasa por estos días en Argentina, donde vemos cómo aumentan los precios pero baja la inflación, y cómo cae el consumo pero disminuye la pobreza. “Circule, circule, ¡aquí no ha pasado nada!”.
Sistemas de medición, atraso metodológico, fuentes de información inadecuadas, múltiples opiniones intentan explicar lo inexplicable: lo que ocurre en la realidad tiene poco que ver con lo que se informa sobre esa misma realidad. Es como un acto de magia: todos sabemos que el pañuelo no se transformó en una paloma, pero eso es lo que se muestra, confiando en que muchos de los espectadores lo crean, sobre todo en vísperas de la renovación de las cámaras legislativas.
El apoyo que los mandantes del ilusionista prometen está condicionado a que sus trucos alcancen credibilidad pública. Y parece justo: ¿quién querría apoyar a un mago cuyas engañifas no son creídas ni por lo niños? Y eso, en la era de las democracias liberales –si es que esas dos palabras se pueden escribir juntas sin caer en contradicción en los términos– se mide de manera muy sencilla: en resultados electorales.
Mientras que las cifras nos dicen que en la realidad todo funciona muy bien, vemos que “a los viejos se les aparta” –y por añadidura se los apalea– “después de habernos servido bien”, que se abandona a los discapacitados, que no se aprueban los presupuestos para la atención de los niños enfermos y se desfinancia la educación, la que, supuestamente, es el futuro de las personas y de las sociedades.
Claro que éste presente ominoso, a pesar de las cifras que se difunden y que intentan maquillarlo, se justifica en función de un probable futuro donde todo sería prosperidad: los más débiles de la sociedad estarían haciendo un sacrificio del que quizás verán los frutos sus descendientes dentro de muchos años. Se olvida que “no hay otro tiempo que el que nos ha tocado”: atrapados en sus cuerpos, millones de seres transitarán por la vida en la pobreza y los sufrimientos que la acompañan.
Mientras tanto, los más poderosos, de los que sería esperable que hagan algún sacrificio si eso fuera necesario para asegurar el futuro de la humanidad, siguen acumulando riquezas y poder sin límites. Se calcula que las sesenta personas más ricas del mundo cuentan con el mismo patrimonio que los tres mil quinientos millones de personas más pobres. Sin embargo, toda la economía se organiza para seguir asegurando la ganancia de esa pequeña parte de la humanidad.
Sin ir más lejos, el permanente endeudamiento de la Argentina en los últimos años tuvo exclusivamente ese fin. ¿Qué obras se han realizado con esos miles de millones de dólares? ¿Qué mejoras han sido perceptibles para la sociedad? ¿Qué problemas se han resuelto con semejante masa de dinero? Sólo uno: que los “inversores” pudieran hacerse nuevamente de dólares luego de haber obtenido inmensas ganancias especulando con sus inversiones en pesos argentinos. Los que quedamos “debiendo” esos dólares, claro, somos nosotros: toda la sociedad argentina paga las ganancias que obtienen los especuladores.
Habrá que creer que “la tierra cayó en manos de unos locos con carnet” que, a fuerza de actos de magia, intentan mantener a su audiencia en la creencia de que un presente desastroso será la antesala de un futuro luminoso.
Definitivamente, habrá que encontrar con urgencia alguna manera para salir del influjo de los vendedores de ilusiones para que, como dijera el catalán, ya “no sean necesarios más héroes ni más milagros” para vivir una vida digna.
Septiembre de 2025. emiliopauselli@gmail.com