Ocurrencias

Los seres humanos nos la vamos de creativos y, en verdad, tenemos razones para ello: cada tanto se nos ocurren cosas. De qué calidad sean las cosas que se nos ocurren, eso ya es materia opinable. Con seguridad habrá de todo un poco, cosas útiles, otras sin ninguna trascendencia, otras valiosas y también, por qué no decirlo, ocurrencias dañinas.

Claro que lo dañino también puede serlo en distintos grados: puede tratarse de algo poco dañino, de algo de más cuidado o, nuestra ocurrencia, puede ser tan dañina que sus efectos nocivos perduren a través de los siglos. A una de esas ocurrencias dañinas nos referiremos hoy.

Se le ocurrió a un señor francés que nació a fines del siglo XVI y vivió hasta mediados del siglo XVII. Muy preocupado porque el conocimiento humano lograra la misma certeza que las matemáticas –en aquella época se creía aún que dos más dos daba siempre cuatro y que los ángulos interiores de un triángulo sumaban siempre ciento ochenta grados–, se puso a pensar con tanto ahínco en el problema que le pasó lo mismo que a Don Quijote: de tanto pensar, enloqueció.

Así como aquel salió al mundo a decir que era un caballero andante, éste no tuvo mejor idea que decir: “Pienso, luego existo”. Miren que se le podrían haber ocurrido cosas para decir, por ejemplo “mi papá y mi mamá se amaron y luego existo”, o “un señor y una señora pasaron juntos una noche y luego existo”, o “en mi familia todos tenían sexo con todos y no se sabe bien quién con quien, pero luego existo”. O más espiritual: “Dios me regaló la vida y luego existo”. O más antropológico: “soy descendiente del homo sapiens y luego existo”.

Cualquiera de esas explicaciones le hubiera permitido entender que la realidad era exactamente al revés de como él había dicho: no era que existía porque pensaba, sino que pensaba porque existía. Pero no, esa explicación le pareció probablemente muy simple: él necesitaba algo más indiscutible y evidente.

Seguro que a muchos humanos se le ocurrieron cosas locas, lo que no es tan frecuente es que a otros les parezcan una genialidad y que, pasados los siglos, se siga enseñando en las facultades de filosofía sin hacer la aclaración de que se trata de una de las tonterías más notables de la historia de las ideas.

En la época de Cervantes, todo el mundo, a excepción de Sancho Panza, sabía que Don Quijote no era un caballero andante. Después de Descartes todos nos hemos transformado en Sanchos Panzas y así le va al mundo.

Esta tontería nos encerró dentro de nosotros mismos dando lugar a la creencia de que éramos “individuos”, de que nuestra existencia no tiene nada que ver con nuestra comunidad y que el lenguaje lo inventó cada uno en su cabeza. Sabemos que estas dos últimas afirmaciones son falsas: no lo dude, la primera también. No nacemos adultos, el ser humano atraviesa una extensa etapa de cuidados sin los cuales nunca llegaría a ocurrírsele cosas desatinadas como a nuestro francés.

Pero eso no es lo peor: si la prueba de la existencia es que pienso, nunca podré estar seguro de la existencia de los demás, ya que no puedo pensar por ellos ¿Existirá el dominado, el oprimido, el esclavizado? ¿En qué pensarán, si es que piensan?

En esta época, donde se pregona el individualismo extremo haciendo caso omiso de la suerte de nuestros congéneres, donde se sospecha que el que vive en condiciones de pobreza o no tiene trabajo sería responsable de su situación, donde la suerte de los ancianos se juega en la ruleta de las finanzas internacionales, sería bueno echar mano de ocurrencias inteligentes.

¡Existo, nací en un grupo humano que me cuidó y me ayudó a crecer, y gracias a ello pienso! Y como pienso puedo, junto con los demás, cuestionar las categorías y las creencias que nos han sido dadas, e inventar otras que nos permitan una existencia mejor.

Diciembre de 2025. emiliopauselli@gmail.com

Ir hacia arriba