Los sacrificios humanos

La autodenominada “cultura occidental” ha desarrollado un rechazo justificado ante los sacrificios humanos. Los mismos son atribuidos a algunas culturas antiguas, como la de los mayas, aztecas e incas en América, la dinastía china Shang en Asia, los cartagineses en África o los celtas y vikingos en Europa.

Sin embargo, es difícil comprender esa repulsión desde el momento en que la propia cultura occidental se ha basado en una creencia religiosa fundada en un sacrificio humano: el de Jesucristo.

Sin esa muerte no se hubiera podido establecer un nuevo pacto entre los seres humanos y Dios, ni perdonar los pecados antiguos y futuros, ni garantizar la salvación de nuestras almas reputadas eternas. Si se quiere argumentar que la muerte de Cristo tiene un valor simbólico y ritual, no lo eran menos los sacrificios en las culturas antes mencionadas.

Esta aparente contradicción, la de una cultura que se basa en un sacrificio humano y repudia los sacrificios humanos, puede tener distintas interpretaciones. Probablemente la más benévola pueda otorgar a ese sacrifico fundante el carácter de la última muerte. De ahí en adelante comenzaría el reino de la vida.

Otros podrán insistir en que se trata de la acción de un Dios cruel que, al ver contravenida su voluntad, apela a la expulsión del Paraíso de sus propias criaturas, las confunde en Babel, las incinera en Sodoma y Gomorra o las ahoga en el Diluvio Universal.

Pero cualquiera sea su inclinación, por una versión o por la otra, deberá reconocer que los sacrificios humanos no han cesado en la historia. La manera más ritual y directa la constituyen las guerras, que incluyen a los que mueren producto de los combates –militares y civiles–, los que perecen de hambre o enfermedades, o los que sólo son víctimas de la crueldad, como los trabajadores y trabajadoras de las Torres Gemelas de Nueva York o los niños y niñas de la escuela Shajare Tayebé de Minab. Pero no es ese el único altar donde perecen miembros de la especie.

Ya desde su primer vagido muchos seres humanos pasan a engrosar la lista de los sacrificables. No se trata ya –o aún– de una alteración genética como en Un mundo feliz de Huxley; sólo la condición social de la cuna en la que apoyamos la cabeza por primera vez determinará más del 90 % de la futura vida de cada uno de nosotros. En esa deriva ininterrumpida de los asuntos humanos algunos pocos ocuparán la posición de dioses, algunos más de sacerdotes, la mayoría de fieles y entre estos, otros, simplemente, de ofrenda.

Los límites entre religión, política y cultura están tan difuminados que el genocidio producido en América por españoles, portugueses, ingleses y franceses se hizo en nombre de “la religión verdadera”. Al día de hoy contamos con Constituciones que la consagran y hasta un himno nacional que reivindica seguir las enseñanzas “del que murió en la cruz”.

La dialéctica entre la vida y la muerte siempre fue un juego tenebroso entre hombres y dioses. Abraham está dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac para demostrar su fidelidad a Dios y Agamenón sacrifica a su hija Ifigenia para que Artemisa le dé vientos favorables y la flota griega pueda zarpar hacia Troya. Los dioses exigen entrega total. Es cierto que con el paso de los siglos han ido atemperando sus exigencias, permitiendo el reemplazo de seres humanos por animales.

Desde la aparición del dinero los sacrificios ya no terminan en la muerte. Los dioses de hoy se conforman con solo una parte de la vida humana: por ejemplo, una plataforma como UBER retiene entre el 30 y el 50 % de lo que paga el pasajero al conductor que pone su trabajo, su tiempo y su vehículo.

¿Qué es lo que siente una persona que debe trabajar muchas horas, o que percibe una baja remuneración por su trabajo, o que no cuenta con un trabajo estable y debe mantenerse con actividades casuales –changas–, cirujeo u otras que no se pueden mencionar aquí? Siente que lleva adelante una vida muy sacrificada… y tiene razón.

Junio de 2026. emiliopauselli@gmail.com

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