La cultura actual de los que somos denominados o autodenominados “occidentales” tiene varios motivos de los que se siente orgullosa.
En primer lugar, se precia de haber establecido ciertos conceptos como los de igualdad y libertad. Si bien la igualdad ya había sido proclamada por el cristianismo al postular que todos éramos hijos de Dios y la libertad ya fue apreciada por los pueblos antiguos en contraste con la esclavitud, el occidente moderno reclama para sí el haber dado universalidad a estos conceptos resumidos en la idea de “derechos humanos”.
En segundo lugar, proclama que los sistemas de gobierno denominados –quizás impropiamente– democráticos constituyen la mejor oportunidad para la expresión cívica y la manera más aproximada en que puede hacerse realidad la “voluntad general”.
En tercer lugar, reivindica la igualdad de la mujer como miembro pleno de la especie humana dejando en el pasado las discusiones conciliares sobre si poseía o no alma. En cuarto lugar condena el racismo. En quinto defiende las libertades religiosas. Siga usted haciendo la lista.
Cuando un empresario declara la desigualdad humana como base de sus creencias, condena a los mexicanos por atravesar una frontera, propone prohibir la libre circulación de los musulmanes, ubica a la mujer en un lugar subalterno y es elegido presidente de los Estados Unidos de América, solo nos resta expresar: “!Gracias, Trump!” Gracias por hacer caer el velo de los ojos de los que aún creen en las supuestas virtudes del “modelo de vida” occidental. Gracias por mostrar la impiadosa realidad en la que han desembocado los sueños de la Revolución Francesa.
La cruda verdad occidental es que si has nacido pobre morirás pobre, si has nacido rico seguirás siendo rico, si tienes poder quedarán impunes todos tus abusos y si no lo tienes serás condenado por las faltas que hayas cometido y por las que no. ¿Libertad? Hoy tienen trabajo los estudios legales que asesoran sobre donde conviene que nazca tu hijo para que luego tenga la mejor posibilidad de circular por el planeta. ¿Igualdad? Las personas y los bienes deben ajustarse a una estricta disciplina para que todo el sistema produzca dinero para los más ricos, o sea, para los desiguales. ¿Libertad de mercado? Basta de fingir con barreras paraalancelarias y otras distracciones: lo nuestro es nuestro y lo de los demás también.
Y quizás sin Trump todo eso se podía seguir relativizando. La promesa de un futuro mejor sin modificar la cultura capitalista occidental podría seguir teniendo un grado de credibilidad. Basta sólo recordar las expectativas `positivas que generó la asunción de Obama hace ocho años cuando su color de piel anunciaba para algunos un cambio en las políticas imperiales. La realidad fue que su proyecto de salud pública para el pueblo norteamericano obtuvo solo el 10% de los recursos que hubieran sido necesarios para que se haga realidad, se continuó con cada guerra de rapiña donde EEUU participaba –más allá del ridículo premio nobel “de la paz”–, Guantánamo sigue esperando por su redención y el tardío inicio de las relaciones diplomáticas con Cuba sólo aspira a colaborar en la recuperación del capitalismo en esa isla.
Se dirá sin faltar a la verdad que sólo la mitad de los votantes norteamericanos se pronunció por Trump, que hay marchas de jóvenes estadounidenses denunciando que así empieza el fascismo, que se trató de un voto vergonzante, que las organizaciones de mujeres y de derechos humanos han convocado una marcha para el día siguiente de su asunción, que la promesa –que en nuestros países se llama despectivamente populismo– de defender el trabajo norteamericano ilusionó a una parte del electorado. Todo eso y mucho más es cierto, pero los mecanismos institucionales previstos permitieron el triunfo de alguien que enfrentaba todo lo que occidente supuestamente valora.
Ganó Trump por mostrar el camino: la única manera de sostener el “modo de vida” occidental es desatando la barbarie.
Página y media – nota escrita en Marzo de 2017
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