Perú, Brasil y Argentina: la nueva conquista de América

Las convulsiones políticas están a la orden del día en nuestro continente, en especial en la región de América del Sur. En los últimos tiempos se han destacado el intento de asesinato de la vicepresidenta de la Argentina, la deposición del presidente electo de Perú y, hace pocos días, el ataque a las sedes simbólicas de la democracia en Brasil.

Una compleja trama de acontecimientos es la desencadenante de estos hechos: elementos históricos, sociales y culturales se entremezclan para dar lugar a estas situaciones. Una primera mirada puede registrar enfrentamientos de ideologías políticas, nuevas aspiraciones de grupos religiosos y un traslado del peso desde las instancias electivas a las selectivas en el entramado democrático.

Efectivamente, dejando atrás las controversias generadas por la guerra fría que caracterizó a un mundo bipolar, se buscan justificaciones para reeditar ideologías neofascistas que, honrando sus orígenes, vuelven a hacer de la intolerancia, el racismo y la violencia su principales líneas programáticas y de acción. Hoy ya no son las consecuencias del Tratado de Versalles sino la estela de pobreza, frustración y desánimo social que ha dejado el neoliberalismo la que propicia el caldo apropiado para que un número creciente de personas pueda expresar, a través de esas ideologías, el odio que esa situación les genera.

Paralelamente se ha profundizado el fundamentalismo de distintos grupos religiosos que, detrás de la cruz, vuelven a enarbolar la espada para combatir más o menos a los mismos sectores que el neofascismo intenta eliminar.

Y, finalmente, han sido los sistemas judiciales los más propensos a legitimar las acciones antes descritas. Por ejemplo, la justicia Argentina no ha dado un solo paso para investigar la deuda externa excepcional tomada con el fin de fugar activos financieros, tampoco avanza en la persecución de los evidentes instigadores y financiadores del atentado contra la vicepresidenta y, mientras condena con facilidad y sin pruebas a miembros del movimiento peronista, nada hace ante los escandalosos delitos públicos cometidos por los hoy opositores, descubiertos a partir de investigaciones periodísticas y chats de los propios autores confesos de esos ilícitos.

Estos acontecimientos que abruman a nuestras sociedades, sin embargo, no son fenómenos de exclusivo carácter interno. Más bien responden a una agenda internacional a la que llamamos “la nueva conquista de América”, la que se ha hecho necesaria para resolver las nuevas tensiones que, sobre todo, en Centro y Sudamérica se han venido acumulando desde que dejamos de ser colonias de España y Portugal.

Ya la independencia política temprana estableció una nueva relación con las metrópolis. Éstas últimas bregaron sin descanso para transformar las regiones recientemente liberadas en “estados modernos” para, de esta manera, poder sumarlos a un orden mundial que hiciera difícil nuevas rebeliones como las vividas a principios del siglo XIX. San Martín se exilia y Bolívar tiene el beneficio de morir antes de que lo alcancen sus perseguidores: suerte no casual de nuestros libertadores.

En el transcurso del siglo XX, la incompatibilidad entre los intereses de los nuevos amos del mundo ─ya no solamente europeos─ y las sociedades latinoamericanas, encontró como válvula de ajuste los recurrentes golpes militares. Cada vez que nuestras sociedades intentaban recorrer un camino en algún aspecto más independiente, los tanques y la metralla se encargaban de abortar esos intentos.

Con la caída del Muro de Berlín y la promesa de un mundo unipolar, se dio rienda suelta a la fantasía de las “democracias occidentales”. A pesar de la posibilidad de manipular electorados y de las dificultades para controlar las acciones de esos gobernantes así electos, el mecanismos no resulto tan eficiente como se esperaba. La denominada “corriente progresista” que tuvo lugar en Latinoamérica a principios del siglo XXI así lo demostró. ¡Peligro! Hacen falta nuevos mecanismos para impedir esa no deseada independencia.

Y aquí se echa mano a todo lo ya hecho: los estados pueden ser endeudados para luego someterlos a los deseos de los dueños del mundo, también pueden ser amenazados por sus propias fuerzas armadas o policiales educadas en obedecer al amo, o se puede recurrir a nuevos expedientes como lo que se ha dado en llamar “el partido judicial”, que condena todo acto de independencia y justifica todo acto de entrega.

Pero detrás de estas abigarradas y coloridas contradicciones de nuestras sociedades latinoamericanas ─que ni el propio Marx lograría desentrañar si resucitara sólo para ello─ encontramos acontecimientos mucho más sencillos y fáciles de comprender.

El presidente Castillo es depuesto justo el año donde se renuevan la mayoría de las concesiones de explotación minera en el Perú, incluido el petróleo, y su fuerza política tenía previsto aumentar los cánones por extraer esa riqueza ─como ya había comenzado a hacer con las concesiones renovadas─ y tener en cuenta los intereses de las comunidades donde esas explotaciones se llevan a cabo.

El ataque para impedir gobernar a Lula se inicia un día antes de que éste designe, por primera vez en la historia de Brasil, ministras de Pueblos Indígenas ─Sonia Bone Guajajara─ y de Igualdad Racial ─Anielle Franco─. ¿Es eso aceptable? ¿Los indígenas también tendrán voz en las decisiones de gobierno cuando quieran arrebatarles sus territorios? ¿Y el racismo que ha sido tan efectivo para impedir el ascenso de las clases más humildes será ahora combatido?

Y en la Argentina, ¿qué decir? El gobierno “indeseable” negocia un acuerdo con el FMI sin resignar su derecho al crecimiento económico y la creación de empleo, y su vicepresidenta insiste en cada foro que participa en que a los beneficios de ese crecimiento deben acceder todos los miembros de la sociedad. ¡Habráse visto!

Como desde el tiempo de la colonia, la discusión se resume en qué es tuyo y qué es mío, qué es del conquistador y qué es de la patria, si es que aún es políticamente correcto usar esta palabra. Y, como en aquella época, siempre hay nativos aliados a los conquistadores: lo que antes se llamaba “evangelización” ahora se dice “integrarse al mundo”.

Enero 2023. emiliopauselli@gmail.com

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