De la colonia al “libre” comercio

Eran moneda corriente los precios exorbitantes que, para cualquier artículo de primera necesidad, debían pagarse en el Virreinato del Río de La Plata y su zona de influencia en la época colonial. Regiones centrales como Córdoba o norteñas como Tucumán, eran víctimas también de ese flagelo.

Hoy sabemos que una de sus causas tenía que ver con el control que la corona española ejercía sobre las rutas comerciales. Desde Sevilla hasta Puerto Colombia, de allí por tierra hasta el océano Pacífico, vuelta a embarcar para llegar hasta Lima, de allí nuevamente en carros atravesando la actual Bolivia y gran parte del territorio argentino hasta llegar a Buenos Aires. Claro que ese producto, así distribuido, debía resultar inmensamente caro.

Las luchas por la libertad de comercio aunaron los esfuerzos de los criollos, patriotas o no, y, mientras se aliviaba la situación a través de algunos recursos ingeniosos como el contrabando, se fueron aunando voluntades para lograr la independencia de nuestros países respecto de la corona de España.

Más de doscientos años después se vuelve a reeditar el mismo fenómeno: vivir en Buenos Aires o en el país que esa ciudad integra, es algo tremendamente costoso. A pesar de la aparente libertad de comercio, los precios aumentan día a día sin que nadie parezca poder ponerle coto a esa situación. Ya no se trata de telas fabricadas en Europa sino de duraznos cultivados en Mercedes; no del costo de unas vacaciones en el Caribe sino del precio de pasar una semana en Villa Gesell.

¿Cómo explicar esta situación? ¿Estaremos frente a una característica propia de este lugar un tanto alejado del resto del mundo? ¿Serán las propiedades de su clima o el influjo de las estrellas? ¿O más bien el destino que los dioses decidieron para esta parte del planeta? No lo sabemos a ciencia cierta.

Pero si examinamos un poco más esta, aparentemente, casual coincidencia, veremos que en ambos casos se trata de fenómenos que poco tienen que ver con la economía. En un caso era el poder de los reyes de España el que sumía a sus colonias en esa situación, en otro, el poder de los formadores de precios que hacen caso omiso no sólo de las leyes económicas sino de las leyes en general.

En ambas situaciones, lo que provoca la carestía de la vida tiene que ver con la asimetría de poder entre una minoría que se beneficia de esa situación y el conjunto de la sociedad que la sufre. Las democracias deberían poder poner límites a esas situaciones de abuso, pero, por alguna razón, no lo logran. No es de extrañar, entonces, que líderes como Joe Biden o Cristina Fernández señalen, con preocupación, que las democracias no están siendo eficaces para resolver las necesidades de sus sociedades.

Confiar a las empresas la regulación de los precios, que cuanto más altos sean más ganancias les producen, es como dejar al zorro al cuidado de las gallinas. Tratar de explicar la inflación a partir de fenómenos como lo son la cotización del dólar, la emisión monetaria o las tasas de interés es haber reprobado lógica y confundir las condiciones necesarias con las suficientes.

La única explicación satisfactoria que resiste este fenómeno tiene que ver con el mantenimiento de una cultura del privilegio que, desde la colonia hasta aquí, no ha sufrido modificaciones esenciales. Si alguno lo duda, sólo tiene que investigar lo que ganaban los grandes comerciantes de Sevilla en aquella época, o leer el balance de las principales empresas formadoras de precio en nuestros días.

Y, como los imperios cambian, esas ganancias obscenas ya no se acumulan en España o en bancos de Londres, sino en la propia ciudad de Nueva York, luz y ejemplo de las democracias del mundo.

¡E la nave va!

Febrero de 2023. emiliopauselli@gmail.com

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